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Otra vez nos quedamos con ese sabor amargo. Uruguay quedó eliminado del Mundial y, como pasa siempre, empezaron las opiniones, los análisis y la búsqueda de responsables. Unos culpan al técnico, otros a los jugadores y otros simplemente dicen que fue mala suerte. La realidad es mucho más simple. En el fútbol gana el que hace los goles. Todo lo demás sirve para discutir durante días, pero no cambia el resultado.

Contra Arabia Saudita el gran responsable de que Uruguay no ganara fue el arquero rival. Atajó todo y cuando parecía que la pelota iba a entrar, aparecía una mano para evitar el gol.

Frente a Cabo Verde el partido estaba más cerca del tercer gol celeste que del empate. Sin embargo, un error en la salida de nuestro arquero, sumado a la inteligencia del delantero rival, cambió toda la historia. En un instante se escaparon dos puntos que parecían asegurados.

Y contra España ocurrió algo parecido. Para muchos, Uruguay estaba jugando su mejor partido del campeonato. Incluso daba la sensación de que estaba más cerca el gol celeste que el español. Pero llegó una pelota sin demasiada fuerza, se escapó entre las manos de nuestro golero y terminó en la red. Así de cruel puede ser el fútbol.

No existe un campeonato para el equipo que jugó mejor. No hay una copa para el que tuvo más actitud, más entrega o más llegadas al arco. El fútbol premia únicamente al que convierte más goles. Por eso, aunque duela, el ganador siempre será el que aprovechó mejor sus oportunidades.

Mientras escuchaba todos los comentarios sobre la eliminación, pensaba que muchas veces la vida se parece bastante al fútbol.

Miles de uruguayos salen todos los días a trabajar. Algunos cumplen ocho horas en una fábrica, otros manejan un taxi, trabajan en el campo, en un comercio o en una chacra con mucho esfuerzo.

Todos ponen lo mejor de sí. Todos terminan cansados. Todos hacen sacrificios. Pero muchas veces eso tampoco alcanza.

Hay personas que trabajan sin descanso y, aun así, llegan con dificultad a fin de mes. Hacen todo bien, pero el resultado no siempre acompaña. Y aunque el esfuerzo vale mucho, la realidad termina midiendo otra cosa.

Todos jugamos para ganar. Todos queremos progresar, aunque sea un poquito cada día. Nadie sale a la cancha pensando en perder.

Por eso la eliminación de Uruguay duele. Porque la Selección representa mucho más que un partido. Representa la ilusión de un país entero.

También hay que decir otra verdad. El Mundial despierta emociones enormes, pero detrás de esa pasión existe un negocio gigantesco.

Pagamos para mirar los partidos, compramos camisetas, álbumes de figuritas, promociones y productos de todo tipo. Hasta las pausas para hidratarse tienen un patrocinador.

Todo tiene una marca. Nos venden pasión, emociones y esperanza. Y muchas veces algunos periodistas terminan defendiendo más los intereses de quienes manejan el negocio que el sentimiento de la gente.

Eso también forma parte del fútbol moderno.

Como abuelo, la tristeza es mayor cuando veo a mis nietos esperando cada partido, llenando el álbum de figuritas y soñando con ver a Uruguay campeón.

Ellos sienten la derrota de verdad. Y nosotros también.Pero el fútbol tiene algo que siempre enseña. Después de una derrota hay que levantarse.La Selección quedó afuera del Mundial. Eso ya no se puede cambiar. Lo que sí podemos hacer es seguir apoyando a la Celeste como siempre.

Y, mientras tanto, el lunes volveremos a nuestra propia cancha. A las ocho horas de trabajo, al taxi, al comercio, al campo, a la oficina o al taller.

Porque nuestros partidos siguen todos los días. Y esos también queremos ganarlos.

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