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A nivel del Instituto de Formación Docente "Rosa Silvestri" de Salto se está llevando adelante una tarea de búsqueda de datos, información, testimonios para el Centro de Educación, Memoria e Investigación que llevan adelante los profesores Lourdes Berretta y Alexis Reyes. Cabe aclararle al lector que son dos compañeros de trabajo de quien esto escribe a los que se tiene en la más alta valoración personal y profesional, por lo que es bueno aclararlo; todo con el apoyo de la directora Silvia Brasil Muñoz.

Entre la búsqueda de materiales llegaron a testimonios notables como los de Amalia Zaldúa (hay que ponerse de pie) o Reneé Díaz con su eterna capacidad de liderazgo, acción, diálogo y búsqueda de metas. Reneé contó una anécdota que vale la pena desgranar en detalles. Dice que tomó una escuela rural pasando Pueblo Lavalleja, que al llegar encontró era un rancho de paja en medio de la nada llena de agujeros. Andaba por los veinte años y era locutora de Radio Cultural (“en la época en que un locutor ganaba más que un maestro y mi director era Ramón Vinci, además intendente de Salto”). Reneé empezó a apoyarse en su padre para el acarreo de frutas y verduras pues como directora debía llevar bolsas de alimentos para el comedor. Hasta que detectó que faltaban niños, que había chiquitos de la zona que no venían. Armó una comisión de padres con una figura que a la postre le resultó ejemplar, Don Fagúndez, padre de niños escolares y capataz de una estancia. Pero faltaban niños y encaró el tema, como es ella. Fue a un pueblito cercano y resulta que había una matrona, abuela de casi todos, que le dijo que para ella era mejor que no fueran a la escuela, que mejor que se quedaran en sus ranchos. Entonces le preguntó a la matrona si había ido a la escuela y le dijo que sí, a la de Pueblo Lavalleja. Allí se le encendió la lámpara pues su abuela Wenseslada, fallecida, había ido a la misma institución educativa. Entonces la matrona del pueblo le reconoció que había sido una excelente compañera de la finada abuelita y en honor a eso dejaría que los chicos fueran a la escuela. Primer gran triunfo, pero había que acarrearlos. Se fue a la intendencia y habló con el uno, Don Ramón. "Mirá gurisa, andá al taller y elegite un carro que quedó del Carnaval, es tuyo, después te vas a hablar con la viuda fulana, gran colaboradora, y le pedís plata para el arreglo y tenés el carro". La señora, una delicia de persona, le donó el dinero para que el carro quedara pipí cucú, con baranda y techo. Pero faltaban los caballos. Volvió sobre el capataz Fagúndez y consiguió caballos en las estancias y ahí fue quedando todo encaminado pero faltaba quién lo manejara todos los días ida y vuelta. Un padre se ofreció pero pidió un sueldo. Qué cosa. Entonces se fue de nuevo a hablar con Ramón Vinci y le dijo que contara con ese dinero municipal para pagarle al carrero y así los gurisitos tendrían todas las posibilidades de ir a la escuela.

Esta es una historia preciosa, llena de recuerdos, esfuerzos, gente comprometida, maestros que en el campo hacían de sanitarios, soldadores, vidrieros, cerrajeros, y desarrollaban una política educativa que excedía largamente el horario, los días de clase y el ámbito escolar.

Esto es lo que Lourdes Berretta, Alexis Reyes y la Dirección del IFD vienen rescatando en materiales, historias, y llevando a lo digital para que la institución pueda tener una base histórica sobre la que seguir desarrollando un futuro lleno de apuestas al crecimiento de la sociedad salteña, porque sin educación no hay nada.

Ya lo demostró Reneé.

 

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