Se viene el agua como siempre
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Por Ramón Fonticiella - Ex Intendente de Salto
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El primer recuerdo concreto que tengo de una crecida, es del año 1959. Primer gobierno de los blancos en el siglo XX, aunque ese dato nada tiene que ver con la “creciente” como le llamamos los salteños. Desde antes y también después ha continuado subiendo el río Uruguay, más allá de la voluntad de gobernantes y de pueblos. No se trata de un designio maligno, es una realidad donde el esfuerzo humano poco puede hacer, pero la desidia hace mucho.
¿Cómo se entiende? Los trabajos de personas e instituciones en momentos de las crecidas, procuran y logran atenuar el padecimiento de los habitantes, pero no generan soluciones para frenar o evitar el problema. A través de decenas de años, (por qué no más de cien) las poblaciones ribereñas soportan inundaciones, pierden valores, se deterioran sus bienes y las comunidades gastan lo que no tienen en tratar de mejorar la situación.
Estoy convencido de que no se trata de realidades absolutamente insolubles; si hubiera planificación y dinero se podría atenuar el castigo de las crecidas. Este país es pobre para realizar obras de tal magnitud, que logren encauzar las crecientes con menor daño. Los vecinos de enfrente, Argentina, de posibilidades financieras superiores y con inversiones en infraestructura defensiva desde hace varios años, igual sufren el azote, aunque quizás con menor rigor.
Esta vez ni siquiera llueve en la región de la represa; las inundaciones son adentro del Brasil, pero el agua corre hacia acá y no hay quien la frene; solamente la planificación de Salto Grande podrá hacer un control previsor para, como siempre, permitir las evacuaciones con el mayor orden posible.
Lo que escribo no es novedad, pero si realidad. Este país de bajos recursos forma parte de la comunidad internacional, la misma que gasta miles de millones en armas para matar gente. Seguramente lo que escribiré a continuación es una ingenuidad quizás tan vieja como la leyenda bíblica de Caín y Abel; uno de los hermanos fue asesinado por el otro, tal cual pasa hoy a nivel masivo. El ser humano es el asesino de la especie. ¿Es tonto pedirle que mate menos gente y destine unos miles de millones para asistir la relocalización, encauzamiento, y obras civiles para controlar las crecidas (y los incendios, y el hambre, y la degradación de la especie en medio del crimen y la droga)?. Por supuesto que es una fantasía pensarlo. ¡Si será fantasía, que las crecidas e incendios se producen porque esas mismas naciones poderosas han ido (y siguen) deshaciendo el planeta.
Me resisto a no plantearlo, porque sólo el ser humano puede salvar a su especie, aunque su visión sea egoísta. Como prueba traigo una anécdota de principios de este siglo. La Cámara de Diputados votaba el Presupuesto de la República. Reiterando una iniciativa de Héctor Lescano, presenté un proyecto para que Artigas, Salto, Paysandú y Río Negro se beneficiaran del 1% del dinero generado por la energía de Salto Grande. Lo votamos sólo los frenteamplistas; todos los diputados blancos y colorados de esos departamentos, votaron en contra. ¿Egoísmo o ineptitud?