Un nuevo comienzo para creer en la educación
-
Por Jorge Pignataro
/
jpignataro@laprensa.com.uy
Cada inicio de año lectivo tiene algo de renovación colectiva. No es solamente el regreso a las aulas: es el momento en que miles de estudiantes vuelven a encontrarse con sus compañeros, los docentes retoman su vocación cotidiana y las familias reorganizan sus rutinas alrededor de uno de los pilares más importantes de cualquier sociedad: la educación. Marzo siempre llega cargado de expectativas. Hay mochilas nuevas, cuadernos aún sin escribir y también una esperanza silenciosa que atraviesa a todos. La esperanza de que sea un buen año. Que funcione. Que las cosas salgan bien.
El primer deseo, quizás el más elemental, es que a ningún estudiante le falte nada. Que cada niño y adolescente pueda comenzar las clases con las condiciones necesarias para aprender: materiales, alimentación, transporte, apoyo familiar y un centro educativo que lo reciba con contención y respeto. La igualdad educativa no se declama; se construye asegurando que nadie quede afuera desde el primer día.
Otro anhelo que se repite año tras año es que no se pierdan horas de clase. Puede parecer una consigna sencilla, pero encierra un objetivo fundamental. Cada jornada en el aula representa oportunidades de aprendizaje, vínculos que se fortalecen y procesos que avanzan. Cuando las clases se interrumpen, quienes más lo sienten son los estudiantes que dependen casi exclusivamente de la escuela o del liceo para acceder al conocimiento.
Sin embargo, un buen año lectivo no se mide únicamente por la cantidad de días cumplidos. También importa —y mucho— la calidad del tiempo compartido. La educación necesita motivación. Necesita docentes comprometidos que logren despertar curiosidad y estudiantes que encuentren sentido a lo que aprenden.
Motivar no significa hacer todo fácil, sino todo significativo. Implica enseñar pensando en el presente y en el futuro, conectar los contenidos con la vida real y generar espacios donde preguntar, debatir y equivocarse formen parte natural del aprendizaje. Allí aparece uno de los mayores desafíos actuales: recuperar el entusiasmo por aprender en un mundo lleno de distracciones y cambios permanentes.
El comienzo del año también es una oportunidad para valorar el trabajo silencioso que sostiene al sistema educativo. Equipos docentes que planifican durante semanas, funcionarios que preparan los centros, directores que organizan comunidades educativas complejas y familias que acompañan cada proceso. La educación funciona gracias a esa red invisible de esfuerzos cotidianos.
En medio de debates, reformas y discusiones públicas —muchas veces necesarias—, conviene recordar que la educación sigue siendo el principal motor de desarrollo social. No hay país que avance sin apostar fuerte al conocimiento, ni sociedad más justa sin oportunidades educativas reales.
Por eso, más que grandes discursos, el mejor augurio para este nuevo año lectivo es sencillo y profundo a la vez: que haya clases todos los días posibles, que se enseñe con pasión y que se aprenda con entusiasmo. Que los centros educativos sean espacios seguros, abiertos y estimulantes. Que los docentes encuentren respaldo institucional y reconocimiento social. Y que los estudiantes descubran que estudiar no es una obligación vacía, sino una herramienta para construir su propio futuro.
Cada año escolar es una página nueva que comienza a escribirse entre todos. Autoridades, educadores, familias y estudiantes comparten la responsabilidad de que esa historia sea positiva.
Ojalá que, cuando llegue el cierre del ciclo, podamos mirar hacia atrás y afirmar que fue un buen año para la educación. Un año sin ausencias innecesarias, sin oportunidades perdidas y con más aprendizajes que frustraciones. Un año en el que enseñar y aprender vuelvan a ser, simplemente, una razón para creer en el futuro.