Un país generoso con algunos, exigente con otros
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Por José Pedro Cardozo
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Uruguay atraviesa un momento que exige sinceridad, responsabilidad y una profunda reflexión sobre el destino de los recursos públicos. Mientras las autoridades reconocen señales de desaceleración económica y se multiplican las advertencias sobre las limitaciones presupuestales, continúan apareciendo propuestas que implican más gasto, más estructuras y, muchas veces, más funcionarios. La pregunta es inevitable: ¿quién paga la cuenta?
La respuesta es conocida por todos. La pagan los trabajadores, los jubilados que aún contribuyen, los pequeños comerciantes, los productores y las empresas que sostienen la actividad económica mediante impuestos cada vez más pesados. Son ellos quienes financian un Estado que parece tener dificultades para adaptarse a una realidad demográfica y económica que ha cambiado radicalmente.
Un ejemplo claro es el sistema educativo. Uruguay registra una caída sostenida de la natalidad. Cada año nacen menos niños y, por lo tanto, la matrícula escolar disminuye en numerosas escuelas y liceos del país. La lógica indicaría que esa realidad debería llevar a una revisión de estructuras, recursos y necesidades futuras.
Sin embargo, el discurso dominante sigue apuntando en dirección contraria: más presupuesto, más cargos y más personal. Todo ello ocurre mientras los indicadores de calidad educativa muestran resultados preocupantes. Las evaluaciones internacionales reflejan dificultades persistentes en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Es decir, se reclama más dinero sin que necesariamente mejoren los resultados.
Algo similar ocurre en algunas empresas públicas. Sindicatos y corporaciones reclaman constantemente mayores recursos, independientemente de que los balances sean positivos o negativos. El aumento del gasto parece haberse transformado en un objetivo en sí mismo, desconectado de la eficiencia y de los resultados obtenidos.
Mientras tanto, el Banco de Previsión Social enfrenta déficits crecientes que obligan al Estado a destinar sumas millonarias para sostener el sistema. La discusión sobre la seguridad social suele centrarse en exigir más aportes o más financiamiento, pero pocas veces se aborda con la misma intensidad el análisis de todos los beneficios especiales, excepciones y regímenes particulares que también tienen costo para el conjunto de los contribuyentes.
En una democracia madura, cualquier sistema de reparaciones, compensaciones o beneficios extraordinarios debe estar sujeto al mismo criterio de transparencia y equidad. La sociedad tiene derecho a conocer cuánto cuestan las distintas prestaciones financiadas por el Estado y bajo qué fundamentos se mantienen. También tiene derecho a reclamar que las políticas públicas sean equilibradas y que ninguna víctima, cualquiera haya sido el origen de su sufrimiento, sea tratada con criterios diferentes.
El problema de fondo es que Uruguay parece haberse acostumbrado a una lógica donde siempre se reclama más recursos, pero pocas veces se discute quién los genera. Se habla de derechos, pero con frecuencia se olvida que detrás de cada peso que distribuye el Estado existe una persona que trabajó para producirlo.
El país necesita recuperar el sentido de la responsabilidad fiscal y de la justicia distributiva. No se trata de eliminar la protección social ni de abandonar a quienes necesitan ayuda. Se trata de administrar con racionalidad, priorizar lo verdaderamente importante y evitar que determinados privilegios se perpetúen indefinidamente mientras la carga sigue recayendo sobre quienes producen y pagan.
Uruguay ha demostrado históricamente una enorme solidaridad. Tal vez haya llegado el momento de preguntarse si esa generosidad está siendo distribuida con equilibrio. Porque cuando algunos reciben cada vez más y otros son quienes siempre deben financiarlo, la sensación de injusticia termina creciendo. Y ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente sobre esa percepción.
La verdadera justicia no consiste en gastar más. Consiste en administrar mejor, exigir resultados y garantizar que el esfuerzo de los ciudadanos sea respetado con la misma seriedad con que se recauda.