Una gran alegría
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Por Pedro Bordaberry
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Senador de la República
Pocas veces una frase elegida para recibir a alguien fue tan certera. “Una gran alegría” es lo que sentimos ante la llegada de León XIV. Treinta y ocho años después de aquellas jornadas inolvidables de San Juan Pablo II, cuya Cruz sigue en pie en Tres Cruces, un Papa vuelve a pisar nuestra tierra oriental.
Y el país se prepara para la fiesta.
Para los creyentes, la frase tiene un eco emocionante: es la que escucharon unos pastores en Belén hace más de dos mil años. “Os anuncio una gran alegría: ha nacido un Salvador”. Esta alegría – creo - no es solo nuestra. Alcanza a todos los uruguayos, creyentes y no creyentes, de todos los partidos.
Recibimos al pastor de una Iglesia de 1.400 millones de fieles, a un Jefe de Estado y a una de las personalidades más importantes del planeta. La revista Time lo incluyó entre las figuras más influyentes de 2026. Le encargó su perfil a Martin Scorsese. Su palabra se escucha, se respeta y se valora.
No es común recibir a una personalidad de su talla.
El recorrido que hará cuenta nuestra historia.
Paysandú, tierra del padre Horacio Meriggi, que a comienzos del siglo pasado levantó sindicatos cristianos y colonias agrícolas y sembró la tradición cooperativa del país: la convicción de que ciudadanos unidos pueden construir su propio progreso.
Florida, cuna de la Patria, donde presidirá la fiesta de la Virgen de los Treinta y Tres, nuestra Patrona.
Y Montevideo, donde visitará Casavalle, allí donde la Iglesia trabaja cada día junto a los que más sufren, en Los Pinos, en Los Rosales, con las hermanas de la Madre Teresa y muchos más. Además del mítico, monumento al fútbol mundial, donde hará una vigilia de oración.
Y el Papa trae la palabra.
Su primera encíclica, Magnifica Humanitas, llega en tiempos de desconcierto ante la inteligencia artificial: empleos que se transforman, decisiones que se delegan en algoritmos. Su respuesta es clara: la dignidad de la persona en el centro.
No es casual que la firmara en el aniversario de la Rerum Novarum. Otro León, el XIII, habló en 1891, en plena revolución industrial que también generaba incertidumbre. Cuarenta años después, Pío XI profundizó el camino con la Quadragesimo Anno. Ambos rechazaron con igual firmeza el dirigismo estatal que anula a la persona y el capitalismo sin control que la reduce a mercancía. Y defendieron los derechos del trabajador y la subsidiariedad: el Estado está para ayudar, no para sustituir a la persona, a la familia y a las comunidades. ¡Cuánto dolor se hubiera ahorrado la humanidad si hubiera escuchado!
Su mensaje le habla también al Uruguay laico. El que no persigue religiones sino que las respeta. Nuestra Constitución, en sus artículos 7, 72 y 332, reconoce los derechos inherentes a la personalidad humana, los mismos que la civilización judeocristiana sostiene desde hace milenios. No hace falta ser creyente para compartirlos: el “no matarás” o el “no robarás” no dependen de la fe de nadie.
Y nos hace falta oírlo. En una sociedad que a veces persigue lo material antes que la solidaridad y la ayuda mutua, que arrastra cifras de suicidio que duelen, corremos el riesgo de anteponer el beneficio propio a la vida. A toda la vida, no solo en su comienzo y en su final.
Por eso, salgamos a recibirlo como lo que somos: una sola nación, con nuestras diferencias, pero unida y de fiesta. Que la visita de León XIV nos deje, como aquella de hace treinta y ocho años, una huella profunda. Y que nos traiga una gran alegría: la de vivir en paz y con dignidad.