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En realidad, esta columna pertenece a nuestro amigo fraybentino Eduardo Irigoyen, que sintetiza y refleja una mirada batllista sobre el día de la mujer, la que compartimos y gustosos publicamos.

El 8 de marzo no es un día de bombones ni de corazoncitos.
No es el equivalente femenino del Día de San Valentín.
Es el Día Internacional de la Mujer, una fecha que nació de huelgas, marchas, conflictos laborales y luchas políticas muy concretas.
Por eso resulta extraño —y a veces un poco incómodo— ver ciertos saludos que parecen sacados de una tarjeta romántica: flores, corazones, mensajes dulzones de “feliz día, mujer maravillosa”.
No se trata de un día para halagar ni para idealizar a la mujer como si fuera una figura decorativa o sentimental.
Se trata de recordar que los derechos que hoy parecen obvios fueron conquistados con protestas, con presión social y muchas veces enfrentando leyes injustas.
Los derechos de las mujeres no aparecieron por generación espontánea ni por cortesía masculina.
Surgieron porque hubo mujeres que se organizaron, protestaron y, sí, muchas veces incomodaron al poder.
Algunas marcharon, otras escribieron, otras hicieron huelgas, otras desafiaron normas sociales.
Y también hubo hombres que acompañaron esos cambios desde la política o desde el Estado. En Uruguay, por ejemplo, el proceso de ampliación de derechos en el siglo XX tuvo aliados importantes como José Batlle y Ordóñez, cuyo reformismo ayudó a crear un clima político favorable para avances sociales.
Por eso también es un error ese discurso tan común de: “yo apoyo a las mujeres, pero no a esas feministas ruidosas que protestan y se pintan el pelo de violeta”.
La historia muestra exactamente lo contrario: casi todos los derechos civiles y sociales nacieron del conflicto y de la protesta.
La igualdad rara vez fue concedida tranquilamente desde arriba; casi siempre fue conquistada desde abajo.
Pero también conviene evitar otro extremo: convertir el 8 de marzo en la bandera exclusiva de un partido o de una tribu ideológica, como viene ocurriendo con la apropiación de la fecha a cargo del PIT-CNT.
La igualdad de derechos entre hombres y mujeres no pertenece a un sector político; pertenece a la sociedad entera.
Y hay algo más importante todavía: la libertad de elección.
No existe un único modelo de mujer.
Una mujer puede querer ser ama de casa y dedicarse a su familia, y eso es perfectamente respetable.
Puede querer ser ingeniera, científica o directora de una empresa.
Puede decidir no tener hijos.
Puede elegir casarse, convivir, o vivir sola.
Puede vivir su sexualidad como quiera.
Abrazar la abstinencia o tener sexo casual.
Abortar o no abortar.
La igualdad consiste precisamente en eso: que ninguna de esas opciones esté prohibida ni condicionada por la ley, la tradición o el prejuicio.
Por eso el 8 de marzo no es un día para regalar flores ni para idealizar a las mujeres como símbolos de pureza o sacrificio.
Es un día para recordar algo mucho más simple y más profundo:
Los derechos que hoy parecen normales existen porque alguien —muchas veces mujeres incómodas, ruidosas y valientes— decidió salir a la calle y exigirlos.

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