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Senador colorado Amilcar Vasconcellos, autor de Febrero Amargo

El 9 de febrero de 1973 marca una de las jornadas más oscuras de la historia republicana del Uruguay. Ese día, oficiales superiores del Ejército y la Fuerza Aérea desconocieron la autoridad del supremo comandante de las Fuerzas Armadas —el presidente de la República— y se negaron a acatar las órdenes del ministro de Defensa Nacional, general Antonio Francese. Fue un acto abierto de insubordinación militar que quebró el orden constitucional y precipitó el derrumbe de la democracia.


Quienes habían jurado por su honor obedecer a las autoridades civiles traicionaron su palabra y mancharon su uniforme. No fue un “conflicto institucional”, ni una “crisis de mando”: fue un golpe de Estado en ciernes, una rebelión armada contra el poder legítimo.
En medio de aquel febrero amargo, hubo gestos de coraje que merecen ser recordados. El comandante en jefe de la Armada, vicealmirante Juan José Zorrilla, estuvo dispuesto a defender el orden institucional. Sin titubeos, ordenó a la flota de mar zarpar y tomar posiciones de combate frente a la capital, sitiando la Ciudad Vieja y ofreciendo amparo al presidente constitucional. Era la última línea de defensa de la República. Pero esa defensa nunca llegó a concretarse.

El Pacto de Boiso Lanza

El presidente optó por negociar con los insurrectos y aceptar condiciones inaceptables, selladas luego en lo que se conoció como el Pacto de Boiso Lanza. Aquella claudicación no trajo paz ni estabilidad: abrió el camino a la tutela militar y, pocos meses después, al golpe definitivo del 27 de junio.

Jorge Batlle. Amilcar Vasconcellos y Julio M. Sanguinetti

Frente a la traición castrense, el Batllismo estuvo del lado de las instituciones. Jorge Batlle se había convertido poco antes en el primer preso político. En aquella crisis. Amílcar Vasconcellos enfrentó con valentía a los “latorritos”, denunciando sin ambigüedades la ruptura del orden constitucional. El doctor Julio María Sanguinetti expresó su firme condena desde las páginas del diario Acción. Fueron voces claras en medio del ruido de las bayonetas.

El Partido Comunista y el Frente Amplio

La otra cara de la moneda fue dolorosa y, con el tiempo, reveladora. El Partido Comunista y prácticamente toda la dirigencia del Frente Amplio respaldaron el alzamiento militar, convencidos de que se trataba de un golpe “bueno”, de inspiración peruanista. ¡Qué contrasentido histórico! Celebraron el accionar de figuras como Gregorio Álvarez, quien luego sería uno de sus principales verdugos durante los años más crueles de la dictadura.

La excepción de Carlos Quijano

Ese apoyo inicial no fue un error menor ni una simple ingenuidad política. Fue una falla moral de enormes proporciones. Con la honrosa excepción de Carlos Quijano, la izquierda uruguaya cargará por siempre con la vergüenza de haber acompañado, consentido o justificado la caída de las instituciones en aquel febrero amargo.

Febrero Amargo

Recordar el 9 de febrero de 1973 no es un ejercicio nostálgico: es un deber cívico. Porque la democracia no muere de un día para el otro. Se erosiona cuando se tolera la desobediencia armada, cuando se negocia con quienes amenazan al poder civil, y cuando sectores políticos prefieren un golpe “conveniente” antes que una República imperfecta.

¿Golpes buenos? Solo traiciones...

Ese día aprendimos, al precio más alto, que no existen golpes buenos. Solo traiciones. Y que cada renuncia al Estado de Derecho deja cicatrices que duran generaciones. La historia no absuelve fácilmente a quienes relativizan la democracia cuando creen ver en los cuarteles un atajo hacia sus propios objetivos.

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