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Fui niño refugiado. A los siete años aprendí- antes de tiempo- lo que era la necesidad. Pero nunca perdí el respeto por la gente, la humildad ni la constancia. Estudié como pude. Muchos me ayudaron con ropa o calzado, y yo devolvía ese gesto trabajando: cosechando aceitunas, trepando árboles enormes, de esos milenarios que vienen desde la época romana. Con ese esfuerzo llevaba un plato de comida a mis padres. Aun así, siempre estaban la tristeza y la angustia.

A los 18 años emigré. No fue aventura: fue necesidad. Brasil me abrió la puerta en 1959 con una visa permanente escrita en portugués y árabe. El viaje duró más de 32 días, cambiando de barco en barco. Más tarde supimos que organizaciones sionistas financiaban la salida de jóvenes palestinos: “cuanto menos juventud quedara, mejor”. Pero nunca imaginaron que quienes nacimos en esa tierra jamás olvidaríamos nuestro origen.

América Latina y el Caribe

En 1964 comenzamos a organizarnos en América Latina y el Caribe, muchas veces en la clandestinidad. Eran tiempos duros: dictaduras, silencio impuesto, miedo. Los refugiados no podíamos reclamar derechos. Aun así, seguimos.

América Latina fue construida por inmigrantes

Vinieron, se quedaron, trabajaron y levantaron estos países. Muchos hasta perdieron sus nombres al llegar: en los puertos, sin traductores, los funcionarios anotaban lo que podían. Así se borraron historias, pero no la dignidad. Todos buscábamos lo mismo: trabajo, comida, familia y un techo. Ese es el verdadero documento del inmigrante. Yo también vine por necesidad, pero con una meta clara. Y lo que aprendí de niño nadie me lo quitó: respetar, querer y amar a la gente.
Hoy este es un encuentro de amigos. Y la amistad es una palabra sagrada.

Miren la historia: cuando los árabes estuvieron en España no impusieron su cultura

Dejaron palacios, mezquitas, caminos y sistemas de agua. Se fueron como entraron, pero dejaron una huella profunda. Quien visita España ve todavía esa herencia. Hoy, en cambio, el mundo parece olvidar la historia. Las escuelas ya no la enseñan como antes.
Nací en Palestina. Mi primer pasaporte latinoamericano fue emitido en Jerusalén en 1958. En 1947 fui expulsado de mi hogar con la creación del Estado de Israel. No fue una llegada pacífica: fue una invasión organizada tras la Segunda Guerra Mundial. Esa historia es larga, pero real, y está documentada.

Belén —Bet Lahm en árabe— es el lugar del nacimiento de Jesús. Palestina es una tierra sagrada para cristianos, musulmanes y judíos. Yo crecí allí. Esa memoria vive conmigo. Hoy cumplo 85 años. Y lo más valioso que tengo no son bienes materiales: son mis amigos. Ustedes ocupan la parte más sensible del cuerpo, que es el corazón. Gracias a todos, sin distinción.

Tengo compañeras y compañeros de lucha, y mientras existan estos lazos, nuestra causa seguirá floreciendo.
Salud. Muchas gracias.

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