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En 2016, La Izquierda Diario publicaba un duro editorial titulado: “Repudiable propuesta de las Fuerzas Armadas”. El texto cuestionaba la iniciativa del entonces comandante en jefe del Ejército, quien proponía que los jóvenes que no estudian ni trabajan —los llamados “ni-ni”— fueran incorporados a las filas militares.

La publicación informaba que el plan del jerarca militar pretendía brindarles “educación cívica, cierta disciplina y normas de higiene”, además de capacitación en oficios. La respuesta del medio fue inmediata y crítica. Se preguntaba: “¿Los problemas sociales se solucionan con disciplina?”, y sostenía que la idea implicaba una profundización de la “solución represiva” frente a los problemas derivados de la exclusión social.

Estereotipo y estigma

Según aquel editorial, la propuesta partía de una “visión estereotipada y estigmatizante de los jóvenes pobres”, a quienes se presentaba como “faltos de higiene o vagos”. También señalaba que trasladaba la responsabilidad de la falta de oportunidades a los propios jóvenes, ocultando —según el medio— que el verdadero responsable era el sistema social.

No era la solución... sino parte del problema

En aquel contexto, marcado por el debate sobre la inseguridad y las políticas de “mano dura”, la izquierda denunciaba cualquier intervención militar en asuntos sociales como un retroceso. El Ejército no era visto como parte de la solución, sino como parte del problema.

Educación y capacitación en unidades militares

Diez años después, el panorama parece muy distinto. Daniel Radío, actual director del INISA, anunció recientemente que se prepara una prueba piloto en el Ejército con jóvenes privados de libertad por haber cometido delitos. El programa incluirá a unos 20 jóvenes infractores que recibirán educación y capacitación laboral en unidades militares. No se trata de un régimen abierto a todos: solo podrán participar mayores de edad y quienes no hayan cometido delitos graves, como homicidios. Además, no podrán portar armas. Radío explicó que el objetivo es ofrecerles herramientas de formación y reinserción social. “Hay bastante voluntad, los muchachos se entusiasman con estas cosas”, señaló. Entre las actividades previstas figuran la capacitación en oficios, el contacto con distintas áreas del Ejército —como el plantel de perros militares— y la práctica deportiva.

Integrarse a las Fuerzas Armadas

El plan apunta a que estos jóvenes adquieran hábitos laborales y disciplina, y eventualmente, si lo desean, puedan integrarse a las fuerzas armadas en el futuro. El contraste es evidente. Lo que en 2016 era presentado como una iniciativa “repudiable” y “represiva”, hoy aparece promovido desde un organismo estatal dirigido por referentes de izquierda como una oportunidad de formación e inclusión para jóvenes en conflicto con la ley.

Militarizar la cuestión social...

El cambio no es menor. Hace una década, la izquierda criticaba la idea de que el Ejército participara en la atención de jóvenes vulnerables, denunciándola como una forma de militarizar la cuestión social. En la actualidad, en cambio, se impulsa un programa muy similar, aunque focalizado en jóvenes privados de libertad, y se lo presenta como una herramienta de rehabilitación.

"Como cambian las cosas... "

La frase “Cómo cambian las cosas los años”, tomada del tango Como dos extraños, popularizado por Carlos Gardel, resulta especialmente ilustrativa en este caso. El tiempo, la coyuntura política y las responsabilidades de gobierno parecen haber modificado la mirada sobre el rol de las fuerzas armadas en la problemática social. Las “volteretas” de la izquierda, como algunos las definen, no pasan desapercibidas. Lo que ayer se condenaba en nombre de los derechos y la inclusión, hoy se defiende como una política pública innovadora para la reinserción de jóvenes infractores. El debate, en el fondo, sigue siendo el mismo: ¿puede el Ejército ser parte de la solución a los problemas de exclusión social juvenil? Hace diez años, la respuesta de la izquierda era un rotundo no. Hoy, al menos en la práctica, parece ser bastante diferente. ¡Cómo cambian las cosas los años!

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