Cuba /
La agonía del comunismo
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Por Leonardo Vinci
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Durante más de seis décadas, Cuba ha sido rehén de un sistema político que prometió dignidad, prosperidad y soberanía, pero que ha terminado consolidando un régimen autoritario incapaz de ofrecer bienestar a su propio pueblo. Hoy, a la luz de los hechos, resulta imposible seguir ocultando el fracaso estrepitoso del modelo instaurado tras la revolución de 1959.
Crisis inocultable
La realidad cubana es inocultable. La isla atraviesa una crisis económica, social y energética de dimensiones profundas, con apagones generalizados, escasez de alimentos y medicamentos, y una infraestructura colapsada que condiciona la vida cotidiana de millones de personas. Este deterioro no es reciente ni circunstancial: es el resultado acumulado de décadas de mala gestión, falta de libertades y ausencia de reformas estructurales.
La URSS y Venezuela
Durante años, el régimen logró sostenerse gracias a apoyos externos. Primero fue la Unión Soviética, cuya caída en los años noventa precipitó una crisis devastadora. Más tarde, Venezuela cumplió ese rol, proporcionando petróleo en condiciones preferenciales. Sin embargo, una vez agotadas esas fuentes de subsidio, el sistema ha quedado expuesto en toda su fragilidad. Hoy, sin respaldo externo suficiente, el modelo muestra su incapacidad para generar riqueza, productividad y desarrollo.
Justificaciones
Se ha intentado, una y otra vez, justificar este fracaso apelando al embargo impuesto por Estados Unidos desde 1962. Pero reducir la complejidad de la crisis a ese único factor no solo es simplista, sino también funcional al discurso oficial. Cuba ha mantenido relaciones comerciales con numerosos países y ha tenido oportunidades de insertarse en la economía global. Sin embargo, la falta de competitividad, la ineficiencia productiva y la desconfianza internacional —derivada, entre otras cosas, del incumplimiento de pagos— han limitado gravemente su capacidad de desarrollo.
Sin Libertades
Más preocupante aún es la situación en materia de derechos y libertades. En Cuba no existe pluralismo político real. El sistema de partido único impide cualquier forma de oposición organizada, y quienes disienten enfrentan represalias que van desde la censura hasta la prisión. Las protestas sociales son reprimidas con dureza, como han demostrado diversos episodios recientes, en un contexto donde la libertad de expresión está severamente restringida. Este escenario configura una realidad inaceptable: un pueblo privado de elegir su destino, de expresar sus ideas y de construir un futuro distinto. No se trata solo de un fracaso económico; es, ante todo, un fracaso político y moral.
Basta de indiferencia
Desde Uruguay, país con una fuerte tradición democrática y de respeto a las libertades, no podemos permanecer indiferentes. Resulta, por ello, especialmente doloroso observar cómo algunos dirigentes políticos han optado por respaldar o relativizar la situación del régimen cubano. La solidaridad, en este caso, no puede estar con quienes detentan el poder sin legitimidad democrática, sino con el pueblo que sufre las consecuencias de ese poder.
Llegó el momento
Ha llegado el momento de decirlo con claridad: el sistema cubano ha fracasado. Persistir en su defensa implica ignorar la evidencia y dar la espalda a millones de personas que viven en condiciones de precariedad y sin libertades fundamentales. Cuba necesita abrir un nuevo capítulo en su historia, basado en el respeto a los derechos humanos, el pluralismo político y la reconstrucción económica. El pueblo cubano no merece seguir esperando.