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La televisación del fútbol uruguayo atraviesa un punto de inflexión histórico. La licitación impulsada por la AUF no solo reordenó un negocio millonario: abrió una etapa de fragmentación, tensiones públicas y una pregunta incómoda que todavía no tiene respuesta clara. ¿Quién pagará el costo real de esta situación? Todo indica que el aficionado.

El nuevo escenario dejó atrás el monopolio casi absoluto que durante décadas ejerció Tenfield, la empresa de Paco Casal, y dio paso a un esquema más diversificado en el que  Torneos–DirecTV se quedaron con una parte sustancial del negocio. La noticia fue celebrada por algunos como el fin de una era. Sin embargo, la realidad fue menos tajante: con una mejora de último momento, Tenfield logró mantenerse en la producción del fútbol y en los derechos de streaming. El “desalojo” no fue total y la disputa, lejos de cerrarse, se reavivó.

Relatores, periodistas y comunicadores vinculados a las distintas empresas cruzaron reproches, ironías y pases de factura. Lo que parecía un debate sobre modelos de negocio terminó siendo una guerra simbólica por la legitimidad y el relato del fútbol. En ese ruido, el hincha volvió a quedar relegado.

Porque mientras los actores del negocio discuten poder, contratos y protagonismo, la incertidumbre crece del lado del público. 

En el interior y concretamente en Salto, la pregunta es concreta y cotidiana: ¿por dónde se van a poder ver los partidos, el fútbol local y otros eventos populares como el Carnaval? Todo parece depender de negociaciones aún abiertas y, sobre todo, de los costos que los cables y plataformas terminen trasladando a los usuarios.

El futuro de las transmisiones apunta a un modelo fragmentado, con múltiples pantallas, abonos diferenciados y una lógica cada vez más cercana a la del streaming global. Más opciones, sí, pero también más barreras económicas. El riesgo es claro: que el fútbol, patrimonio cultural y social, se convierta en un producto de acceso selectivo.

La modernización era necesaria. La competencia puede mejorar calidad y transparencia. Pero si el resultado final es un hincha que paga más, ve menos y necesita tres servicios distintos para seguir a su equipo, algo falló en el camino. El desafío hacia adelante no es solo tecnológico ni comercial: es político y cultural. Sin el aficionado, el negocio del fútbol, por más pantallas que tenga, se queda sin razón de ser.-

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