El galope que cambió la historia (I)
- Por Jorge Marroig
En la primavera de 1825, la campaña oriental era un territorio suspendido en el filo de una navaja. La Cruzada Libertadora, iniciada meses antes con el desembarco de los Treinta y Tres Orientales, corría el serio riesgo de estancarse en una guerra de desgaste que favorecía abiertamente al Imperio del Brasil. Las fuerzas patriotas, al mando del General Juan Antonio Lavalleja, se encontraban en una encrucijada táctica y existencial. El ardor revolucionario chocaba de frente contra una realidad material asfixiante: la falta de recursos. Fue en ese preciso escenario, a lo largo de dieciocho días frenéticos comprendidos entre el 24 de septiembre y el 12 de octubre, donde la figura de Fructuoso Rivera se agigantó, transformándose en el motor logístico y anímico que hizo posible el milagro en los campos de Sarandí.
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