La producción cítrica de Salto /
Entre los daños climáticos y el puerto que complica mucho más
La citricultura de Salto vuelve a enfrentar un escenario de incertidumbre. Primero fue la fuerte turbonada del 18 de julio y, días atrás, una nueva granizada que castigó distintas zonas productivas. Los daños son importantes, aunque todavía no es posible establecer su dimensión definitiva. El empresario Washington Guarino, vinculado notoriamente a la producción y a la exportación citrícola, explicó que el impacto fue muy diferente de acuerdo con cada zona. Incluso existen establecimientos separados por pocos cientos de metros donde el granizo prácticamente no provocó daños, mientras otros recibieron una verdadera descarga de piedras.
Daños y efectos que no se comprueban inmediatamente
El problema es que no todo se ve inmediatamente. El granizo grande rompe fruta y hojas y deja las consecuencias a la vista, pero el granizo fino puede producir pequeñas lesiones que aparecen recién varios días después. Por eso, los productores deberán esperar entre 15 y 20 días para determinar cuánto de esa fruta terminará cayendo, pudriéndose o siendo descartada. Guarino advirtió además que el granizo seco es particularmente dañino, porque el agua ayuda a amortiguar el impacto. La rotura de hojas y ramas tampoco es un problema menor: las heridas pueden favorecer la aparición de bacterias y enfermedades y obligar a realizar tratamientos sanitarios, con consecuencias que pueden extenderse hasta la próxima campaña.
Un año que venía con buenos rendimientos
Paradójicamente, antes de estos fenómenos la producción presentaba buenas perspectivas. Guarino destacó los rendimientos obtenidos y consideró clave que las heladas hayan sido menores. También señaló que la fruta uruguaya mantiene una buena demanda en Estados Unidos, uno de los principales mercados. Pero mientras el productor enfrenta al clima, existe otro enemigo que sí debería estar bajo control: la logística.
El puerto montevideano, el gran problema de la zafra
Para Guarino, las dificultades registradas en el puerto terminaron convirtiéndose en uno de los mayores problemas de la campaña. La citricultura trabaja con programas semanales y la fruta no puede esperar indefinidamente. Los retrasos generaron acumulación de cargas y, en determinados momentos, cientos de unidades quedaron esperando para poder embarcar. El resultado fue que fruta que debería llegar a Estados Unidos en unos 30 días terminó demorando alrededor de 50. No se trata simplemente de una demora administrativa. En un producto perecedero, cada día cuenta. Más tiempo en tránsito significa mayor riesgo de manchas, deterioro y descarte, con pérdidas que terminan pagando los productores y exportadores. “Fue horrible”, resumió Guarino al referirse a la situación portuaria, reclamando que el Estado y todos los actores involucrados busquen una solución definitiva.
Mucho más que una empresa
El problema tiene una dimensión que trasciende a los empresarios. La actividad citrícola genera cientos de puestos de trabajo y sostiene una amplia cadena económica. La empresa de Guarino emplea entre 500 y 550 trabajadores durante todo el año y llega a entre 1.400 y 1.500 durante la zafra. Por eso, el reclamo no es solamente por una mejor operación portuaria. Es por la defensa de una actividad que produce, exporta, genera empleo y tiene mercados interesados en comprar su fruta.
Uruguay no puede controlar una granizada ni evitar una turbonada. Lo que sí puede controlar es que, después de superar el clima, los productores no tengan que enfrentar un segundo golpe provocado por las demoras para sacar su producción del país. Para la citricultura, el próximo convenio portuario por cinco años debería ser mucho más que un acuerdo laboral: debería convertirse en una garantía de que la producción pueda llegar a destino cuando todavía conserva todo su valor.