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Volvió a manifestarse estos días, en distintos ámbitos, el ya rancio empeño por denigrar la memoria del héroe de la independencia, primer presidente uruguayo y fundador del Partido Colorado, Fructuoso Rivera. Rivera combatió en Las Piedras junto a Artigas, en 1811, y después de una vida de luchas, trabajos y fatigas murió en las cercanías de Melo el 13 de enero de 1854, cuando volvía a Montevideo para integrar, junto a Lavalleja y a Flores, el triunvirato que habría de gobernar el país. Los detractores del caudillo reducen más de 40 años de servicios a la patria al episodio de Salsipuedes y por esa causa dictan sentencia de condena contra el hombre a quien la independencia del Estado Oriental le debe más que a nadie. No tienen razón y hay que decirlo, por respeto a la memoria de Don Frutos y a la de todos aquellos bravos orientales que durante décadas pelearon orgullosamente junto a él, así como en defensa de la conciencia histórica de la nación, que resultaría deformada si se admitiera en silencio la infamia propalada contra uno de sus héroes fundadores.

La sangre empezó a correr con las invasiones inglesas (1806-1807) y siguió corriendo en las guerras por la independencia contra los españoles, los porteños, los portugueses y los brasileños. Nació luego el Estado Oriental, con la Convención Preliminar de Paz de 1828 y la Constitución de 1830, y la sangría continuó: las “revoluciones” lavallejistas durante la primera presidencia de Rivera, los levantamientos de Rivera durante la presidencia de Oribe, la Guerra Grande, años después la Hecatombe de Quinteros (1858), la Cruzada Libertadora de Flores y el sitio de Paysandú (1864/65), los asesinatos de Venancio Flores y Bernardo Berro el 19 de febrero de 1868 y la matanza subsiguiente, la Revolución de las Lanzas (1870/72), la Revolución Tricolor (1875), la del Quebracho (1886), la del 97, la de 1903, la de 1904…Alguien contó esas “revoluciones” y fueron más de 70 en el siglo XIX; la sangre corrió a raudales en esta tierra.

El siglo XIX oriental fue bárbaro y sangriento

Los enfrentamientos eran cruentos. En Carpintería (1836), los colorados (derrotados) dejaron 200 cadáveres en el campo de batalla. Tres años después, en Cagancha, el parte de la victoria de Rivera dice que causó a Echagüe 1.000 bajas, entre muertos y heridos. En India Muerta (1845) el ejército de Urquiza dio muerte a unos mil soldados de Rivera (degollaron a los prisioneros).

"La tierra purpurea"

Por eso un escritor argentino, Guillermo Hudson, escribió una novela ambientada de este lado del río Uruguay y llamó a esta “La tierra purpúrea”: estaba empapada en sangre. Quienes se mataron despiadadamente durante casi un siglo formaban parte de la misma sociedad, hablaban el mismo idioma, creían en el mismo Dios, compartían usos y costumbres, muchos habían peleado juntos contra la dominación extranjera y con frecuencia estaban ligados por vínculos de amistad o parentesco. Todos los orientales se reconocían sometidos a la misma Constitución, la de 1830, que aunque era permanentemente ignorada o violada no dejó nunca de ser el símbolo de la vida pacífica y regida por la ley a la que todos decían aspirar.

Orientales de tiempos recios

Pese a la existencia de todos esos vínculos, de ese sustrato común sobre el que se iba construyendo lentamente la nación, los orientales de aquellos “tiempos recios” -tomo un título de Vargas Llosa- no encontraron la manera de dirimir pacíficamente sus disputas; terminaban a tiros y puñaladas por las calles de Montevideo, o -más a menudo- chocando salvajemente a lanza y sable en los campos y cuchillas de la campaña. La sociedad todavía no había aprendido a vivir en paz, y el Estado no tenía cómo imponer esa esquiva paz de modo duradero (y así fue hasta 1904). (Continuará)

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