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La última expedición del rompehielos Polarstern, nave insignia del Instituto Alfred Wegener (AWI), sumó un capítulo inesperado a la exploración antártica. Mientras 93 científicos de distintas nacionalidades avanzaban por el noroeste del mar de Weddell, una isla desconocida emergió ante sus ojos y cambió el rumbo de la misión. El descubrimiento ocurrió casi por azar: el barco debió buscar resguardo cerca de la isla Joinville, forzado por el mal tiempo. Allí, la ciencia y el azar se cruzaron, revelando una formación rocosa que no figuraba en los mapas.

El hallazgo promete alterar tanto la cartografía polar como la planificación de futuras rutas, ya que aporta datos inéditos sobre una zona clave para las corrientes oceánicas globales.

Decidieron entonces acercarse al área, valiéndose de los instrumentos del laboratorio de batimetría y la observación directa desde el puente de mando. Lo que a simple vista parecía un iceberg resultó ser una formación rocosa inédita, una isla no registrada cuya ubicación real no coincidía con la señalada en los mapas: estaba casi una milla náutica desplazada.

Los tripulantes lograron aproximarse a solo 150 metros de la costa, manteniendo un calado seguro de 50 metros bajo el casco. Esto les permitió rodear la isla y cartografiar en detalle su fondo marino. Científicos a bordo del Polarstern identificaron una isla rocosa no registrada al norte del mar de Weddell, en una zona antes marcada solo como peligrosa en los mapas náuticos.


 

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