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En contraste, la postura del presidente Orsi parece responder a una lógica más contemporánea y pragmática. Invitado por el gobierno estadounidense, justificó su visita como parte de un intercambio necesario con un socio relevante, destacando el valor de conocer tecnologías y visiones de defensa distintas. En un mundo interdependiente, donde los desafíos —desde la seguridad hasta el cambio climático— requieren cooperación internacional, este enfoque no solo es razonable, sino imprescindible.


La reciente polémica desatada por la visita del presidente Yamandú Orsi al portaaviones estadounidense USS Nimitz expone, sin matices, una fractura ideológica que la izquierda uruguaya arrastra desde hace décadas pero que rara vez se manifiesta con tanta crudeza. Lo que podría haberse interpretado como un gesto diplomático pragmático terminó convertido en un campo de batalla simbólico entre dos concepciones irreconciliables del “progresismo”.

Por un lado, una izquierda anclada en el siglo XX, que sigue leyendo el mundo bajo los códigos de la Guerra Fría, reaccionó con virulencia. El presidente del PIT-CNT, Marcelo Abdala, calificó el episodio como “muy decepcionante” y “penoso”, denunciando además una supuesta violación constitucional por el ingreso de una aeronave militar extranjera sin autorización parlamentaria. A esta crítica se sumó el ministro de Trabajo, Juan Castillo, quien habló de “contradicción” y de una señal política equivocada.

Pero detrás de estos cuestionamientos formales subyace algo más profundo: una incomodidad ideológica con cualquier gesto que implique diálogo con Estados Unidos, visto todavía como un “emblema imperialista”. Es una visión que no admite matices ni reconoce la complejidad del mundo actual. Bajo esa lógica, subirse a un portaaviones no es una actividad diplomática ni una instancia de conocimiento estratégico, sino una suerte de traición doctrinaria.

Este reflejo automático revela la persistencia de una izquierda sesentista que continúa aferrada a símbolos y lealtades que el tiempo ha puesto en entredicho. Resulta llamativo —y preocupante— que sectores que levantan la bandera de la libertad y la justicia social mantengan, al mismo tiempo, una solidaridad acrítica con regímenes como el de Cuba, donde precisamente esas libertades están restringidas y las condiciones materiales de vida distan mucho de los ideales que dicen defender.

Lo que está en juego aquí no es una simple discrepancia sobre un evento puntual, sino la orientación estratégica de la izquierda uruguaya. ¿Debe permanecer atrapada en una narrativa ideológica rígida, que divide al mundo en buenos y malos según categorías obsoletas? ¿O debe evolucionar hacia una visión más abierta, capaz de dialogar con distintos actores sin perder sus principios?

La reacción desmedida de algunos sectores no solo desautoriza al presidente, sino que también debilita la coherencia interna del Frente Amplio. Cuando figuras del propio oficialismo cuestionan públicamente al mandatario por decisiones que forman parte de su rol institucional, se proyecta una imagen de desorden y falta de rumbo que difícilmente fortalezca al proyecto político en su conjunto.

En definitiva, este episodio deja al descubierto una tensión no resuelta: la coexistencia de una izquierda moderna, dispuesta a gobernar en el mundo real, y otra que sigue librando batallas simbólicas del pasado. La pregunta es cuál de las dos terminará marcando el rumbo. Porque en política, como en la vida, aferrarse al pasado puede ser tan cómodo como estéril.

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