Basura y conciencia: una deuda pendiente como sociedad
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Por Jorge Pignataro
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jpignataro@laprensa.com.uy
La suciedad no es solo un problema del Estado, sino de todos. No queda otra que partir de esa base. Hablar de la basura en Salto genera fastidio, enojo y, muchas veces, acusaciones cruzadas. Es fácil —y tentador— apuntar únicamente a la Intendencia o a los funcionarios del área de Recolección. Sin embargo, reducir el problema a una sola parte es tan cómodo como injusto. La realidad es más incómoda: cuando una ciudad está sucia, la responsabilidad suele ser compartida. Y en ese reparto, una porción importante recae sobre la falta de conciencia de buena parte de la población.
Hace pocos días, el Encargado del área de Recolección de la Intendencia lo explicaba a nuestro diario con claridad meridiana: hay contenedores pensados exclusivamente para residuos domiciliarios que terminan convertidos en verdaderos depósitos de escombros, muebles rotos, chatarra y hasta objetos difíciles de imaginar. No se trata de casos aislados, sino de una práctica reiterada. Ante esto, vale la pregunta: ¿de verdad alguien cree que el sistema puede funcionar correctamente bajo esas condiciones?
Se trata, ni más ni menos, que de malas costumbres que se naturalizan, lamentablemente. La lista de actitudes irresponsables es larga y preocupante. Está quien saca chatarra a la vereda y acepta que un “changador” se la lleve por unas monedas, sabiendo —o fingiendo no saber— que a las pocas cuadras todo terminará tirado en cualquier baldío o esquina. Está quien saca la basura en días y horarios en los que no hay recolección, sin importar que quede expuesta durante horas, a merced de perros que desparraman todo. Después, claro, la queja llega cuando la cuadra amanece hecha un desastre.
También está la comodidad llevada al extremo: personas que arrastran contenedores de un lugar a otro solo para ganar un espacio más cómodo para estacionar su vehículo. Y como si eso no fuera suficiente, resulta casi increíble enterarse de que hay jóvenes que se suben a los contenedores, se desplazan sobre ellos y hasta organizan “carreras”, como si se tratara de juguetes y no de bienes públicos.
Estamos hablando de responsabilidades que no se pueden esquivar. No se trata aquí de defender a la Intendencia a ultranza. Nunca fue un servicio perfecto, y seguramente tenga mucho por mejorar. Pero una cosa no quita la otra. Los funcionarios hacen lo que pueden dentro de un contexto que muchas veces los desborda. Pretender un sistema de limpieza eficiente sin un mínimo de colaboración ciudadana es, sencillamente, una fantasía.
Lo más alarmante es que muchas de estas conductas no responden a la ignorancia, sino a la indiferencia. ¿Cómo puede alguien no saber qué está bien y qué está mal en este tema? ¿Cómo se explica que, al ver basura acumulada en una esquina, en lugar de intentar solucionar el problema o al menos no agravarlo, haya quienes decidan sumar su propia bolsa y fomentar el basural?
A todo esto, se suma otra práctica tristemente habitual: permitir que los perros propios defequen en espacios públicos sin recoger los residuos. No es un detalle menor ni una exageración. Es suciedad, es falta de respeto y es una pésima imagen para la ciudad. Y también es responsabilidad individual.
En definitiva, el problema de la basura en Salto no se resolverá solo con más camiones, más contenedores o más multas. Hace falta algo previo y más profundo: conciencia. Mientras una parte importante de la población no asuma que la limpieza de la ciudad también depende de sus actos cotidianos, seguiremos atrapados en el mismo círculo vicioso. Y así estamos: reclamando soluciones, pero muchas veces siendo parte del problema.