Anotaciones Callejeras
Muchas empresas, tarjetas de crédito, empresas públicas y privadas tenían la costumbre, o la práctica, de enviar las facturas a la casa de los clientes a través de funcionarios propios o empresas contratadas. Acá con facilidad se comete un error en el uso de la terminología.
Porque se dice, “llegó el recibo de la luz” pero en realidad llegó la factura de la luz, que luego de la intervención del cajero se transforma en recibo. Hasta ahí estamos de acuerdo.
Pero se está dando la situación, por ejemplo en Antel, donde a la hora de contratar un servicio o renovar un contratado (en Ancel, o sea los contratos de celulares son de dos años) se le pregunta al cliente si quiere recibir la factura vía correo electrónico o como siempre, es decir el envío de la factura en papel, que tiene un costo de ochenta pesos.
Y normalmente la gente opta por el correo porque además es una forma de ahorro, en el año son 960 dulces pesitos al decir de un contador amigo. Pero por lo que pudimos saber, estirando la oreja todo lo posible, se dividen los repartos de facturas a la mitad Antel y El Correo, o sea dos empresas públicas, que saben que a la larga se va a ir achicando el reparto de la factura tradicional. Pero también esto se está dando en tarjetas de crédito pues la persona la recibe en su correo, que lo ve en la computadora o el celular y así va, con el número de cuenta y el importe, a la red de pagos; o hace la transferencia directamente si la empresa se lo permite como forma de cobro.
Las calles al Oeste de la Avenida Rodó y al norte de Diego Lamas, es decir, atrás de la sede del Atlético Juventus, están bien feas, por decirlo suave. Es un bitumen añejo y empozado que complica a todo el mundo que anda por allí. Es cierto que no hay mucho tránsito pues la vía que viene del norte corta todo, incluso hay calles que se terminan y quedan caminitos para personas o motos y bicis y no mucho más, pero de todas formas merecerían algún tipo de atención. Y quizás pensar en abrir esas calles pues la vía ya no tiene ningún sentido, es parte de un paisaje de décadas que ya desapareció y que no va a volver pues el puerto no se usa y menos la vía del tren que llevaba las máquinas y los vagones con la producción a aquel viejo y fecundo Puerto de Salto. Otros tiempos que ya no volverán.
Por allí aparecen los talleres del ferroarril, que dan nombre al barrio, que quedaron también en el tiempo, que no tienen uso y que algún día habrá que pensar en darles otra función, quizás un comodato para alguna organización social que trabaje con gurises, o por ejemplo de deportes pues hay estructura obsoleta pero que se podría reciclar y darle utildiad a un lugar que está a pocos metros del corazón de la Zona Este nada menos.