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Hace unos días, cuando un funcionario del Palacio Legislativo le alcanzó a la Presidente de la Asamblea General, Carolina Cosse, una botellita con agua mineral, Cosse le respondió que no la iba a querer más, sino que a partir de ahora quería el agua en jarra de vidrio. Ese simple episodio que podría calificarse como “pequeño” y hasta “intrascendente” quizás, fue sin embargo motivo de múltiples comentarios de todo tipo y color en diversos medios de comunicación. Y creo que nos da pie para agregar ahora, desde esta página, algunos más.

Por un lado, parecía contundente una crítica que se oyó, en la que se decía: “¿Pero cómo? ¿tanta delicadeza tiene ahora esta señora? ¿y acaso -como proclamaban algunos- el "pituco" y "oligarca" no era el gobierno anterior?”. Claro, se interpretó la actitud de la ingeniera Cosse como un acto de menosprecio hacia lo más popular como una botella de plástico, y de pretensión de algo más exclusivo y refinado como puede ser una jarra de vidrio. No obstante, hubo un contraargumento tan fuerte como ese (o más): Si la marca Salus quiere publicidad, que la pague en los medios de comunicación, no que la imponga gratis en el Palacio Legislativo; además, por una cuestión de coherencia con lo que se pregona desde el gobierno en cuanto al cuidado del medio ambiente, es bueno terminar con los envases plásticos.

Créame que si usted escuchaba cada uno de esos dos argumentos (opuestos por supuesto), los dos eran convincentes, o al menos, su solidez obligaba a atenderlos seriamente a los dos. Luego, pensando mejor, creo que el segundo era más firme y eclipsaba al primero.

Pero quizás lo más importante en todo esto, sea razonar sobre qué cosas son las que (por momentos, sin dudas y por suerte que no siempre) despiertan más interés en las grandes masas: a los que varios días después de lo sucedido seguían buscando miles de veces el video de esa parte de la sesión, no les importaba en lo más mínimo qué tema se estaba tratando o cómo estaba la concurrencia de parlamentarios a su lugar de trabajo, por ejemplo. Lo que importaba era la botellita de agua. ¡Qué cosa! Dijera Landriscina: "desde el punto de vista de la lógica es medio desgolletado el asunto".

Ahora bien, los símbolos existen. Los símbolos importan. Todo lo simbólico en una sociedad tiene su peso. El gran Charles Baudelaire, en su poema Correspondencias, describe al mundo como un "bosque de símbolos" donde el ser humano transita "a la ventura", es decir, de manera incierta o intuitiva. El poeta sugiere que la realidad está llena de símbolos ocultos que pueden ser percibidos a través de la intuición y la sensibilidad. ¿A qué queremos llegar con esto? A que una palabra, un gesto, una mirada, un acto de decir que no a una botella de plástico, es de alguna manera un símbolo de algo. Y cuando lo hace una figura pública debe tener cuidado, porque suele haber miles y miles de personas tratando de hurgar en él para desentrañar un significado, en el acierto o en el error, con una buena o mala interpretación del mismo.

¿Cosse demostró que “en esencia” (entiéndase como opuesto a “en apariencia”), es decir “en verdad” desprecia lo vulgar? ¿Fue lo suyo realmente un símbolo de algo más profundo como sostenía el poeta francés, o lisa y llanamente apuesta en esas pequeñas acciones a cuidar el medioambiente, etc. etc.?

Da para pensarlo.

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