Hace tiempo, planteábamos una realidad que todos conocemos. El comercio de barrio trabaja con un margen. Compra a determinado precio y le agrega un porcentaje para cubrir gastos, pagar impuestos, sostener empleados y, por supuesto, obtener una ganancia. Así ha funcionado durante décadas. No es ningún secreto. Es la forma en que sobrevive el almacén de la esquina, la carnicería del barrio, el "boliche" familiar.
En los últimos meses comenzaron a instalarse en distintos puntos de la ciudad comercios de mayor porte que venden directamente al público a precios muy bajos. Compran en grandes cantidades, negocian volúmenes que un comerciante chico no puede ni imaginar y, gracias a eso, ofrecen valores que impactan fuerte en el mercado.
Hasta ahí, alguien podría decir: es la libre competencia. Es el mercado funcionando. La gente compra donde más le conviene. Y es verdad. Nadie puede cuestionar que una familia cuide su bolsillo y busque el mejor precio. El salario no alcanza y cada peso cuenta.
Muchos de estos grandes comercios, hace no tanto tiempo, eran proveedores de los almacenes de barrio. Les vendían mercadería para que luego el minorista la ofreciera con su margen habitual. Hoy esos mismos actores están instalándose en los barrios y vendiendo al público casi al mismo precio que antes le vendían al pequeño comerciante.
El almacenero no compra por camión. Compra en pequeñas cantidades. No accede a los mismos descuentos. No tiene la espalda financiera para aguantar meses vendiendo con margen mínimo. Vive del día a día. Paga luz, impuestos, alquiler, empleados. Y muchas veces fía a vecinos que no llegan a fin de mes. Ese gesto, que no aparece en ningún balance, también sostiene al barrio.
El gran comercio no fía. Cobra en caja. Maneja volumen. Puede sostener precios bajos durante mucho tiempo porque juega con otra escala. Estamos frente a un modelo que empuja hacia la concentración. Y cuando el mercado se concentra, los que primero sienten el impacto son los más chicos. No es una teoría, es algo que ya vimos.
Cuando llegaron grandes ofertas en determinados rubros, por ejemplo productos cárnicos, el golpe fue directo al comerciante tradicional. Se ofrecían productos a precios que el pequeño negocio no podía igualar. Muchos clientes se volcaron a esas promociones. Era lógico. Pero después vinieron cierres, la reducción de personal y barrios que fueron perdiendo servicios.
Hoy el almacén compite con un jugador que tiene otro músculo financiero y otra estrategia. Y no hablamos solo de precios. Hablamos de empleo. El comercio chico genera trabajo en el barrio. Permite que una familia viva de su propio emprendimiento. Mantiene circulando el dinero dentro de la comunidad.
Cuando ese comercio desaparece, no solo se pierde un punto de venta. Se pierde cercanía, se pierde confianza, se pierde una puerta siempre abierta. Claro que vivimos en un sistema de libre mercado. Claro que nadie puede impedir que alguien invierta y venda más barato. Pero también es válido preguntarse si existe un equilibrio real o si la balanza está inclinada desde el comienzo.
Porque cuando los pequeños cierren y queden solo los grandes, ¿qué pasará con los precios? ¿Seguirán siendo tan convenientes? La competencia es saludable cuando es pareja, cuando las reglas son similares y cuando nadie arranca varios metros adelante.
El consumidor elige con el bolsillo. Eso no se discute. Pero como sociedad debemos pensar qué modelo comercial queremos para nuestros barrios. ¿Calles con persianas bajas o con negocios familiares abiertos? ¿Empleo concentrado en pocos o distribuido en muchos?
No se trata de frenar el progreso ni de oponerse a la inversión. Se trata de entender que cada decisión económica tiene consecuencias. Y que, paso a paso, casi sin darnos cuenta, podemos estar asistiendo a la desaparición lenta del comercio tradicional.
Y cuando finalmente miremos alrededor y notemos el silencio de las persianas cerradas, tal vez sea demasiado tarde para preguntarnos qué pasó.