¿De qué IA hablamos?
- Por Facundo Esteche, edil Partido Colorado
Cuando cuatro personas muy distintas e importantes usan la misma palabra, conviene preguntar a qué se refiere cada una. León XIV, Peter Thiel, Sam Altman y Strauss Zelnick hablan todos de inteligencia artificial. Pero describen tecnologías distintas, con propósitos distintos y miedos distintos. El 25 de mayo pasado, el Papa León XIV publicó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, centrada en la custodia de la persona humana en la era de la IA. Así como León XIII respondió a los desafíos de la primera Revolución Industrial con Rerum Novarum, León XIV responde a la revolución tecnológica.
Su argumento central es que la IA no tiene voluntad propia y que es un instrumento, y lo decisivo es quién lo controla y para qué. Pide liberarla de las lógicas que la transforman en instrumento de dominio, exclusión o muerte, y llama a un “desarme” para que se ponga al servicio del bien común. Advierte que su control no debe permanecer en manos de unos pocos. Las preguntas que plantea no tienen respuesta técnica: ¿a quién sirve esta tecnología? ¿A dónde desplaza a la humanidad? ¿Obedece o domina?
Peter Thiel es más difícil de ubicar. Cofundador de Palantir, inversor en tecnología, escéptico del progreso técnico, ideólogo libertario. Sus advertencias sobre la IA combinan lucidez con contradicciones que no siempre reconoce. Su argumento más potente apunta a la vigilancia masiva. Una cámara conectada a reconocimiento facial, alimentada por bases de datos enormes y gestionada por una burocracia tecnocrática, es (dice sin eufemismos) tecnología totalitaria. El dispositivo perfecto para controlar poblaciones de forma omnisciente.
Thiel ve la IA como campo de disputa geopolítica antes que como promesa de prosperidad. La pregunta que le importa no es si va a mejorar la productividad, sino quién va a dominar los sistemas que procesan información masiva sobre ciudadanos y mercados. El problema es que su crítica al panóptico convive con inversiones propias en vigilancia y análisis de datos. Crítico del control pero accionista del control.
Sam Altman, CEO de OpenAI, piensa en grande. Su visión es construir una infraestructura global de IA comparable a la electricidad con plataformas enormes proveyendo inteligencia como servicio, cobrando por consumo, accesibles para individuos, empresas y Estados. Como el agua y como la luz. La promesa tiene atractivo práctico. Pensar en capacidades diagnósticas para un médico rural, recursos pedagógicos para un docente en el interior, servicios que hoy son privilegio de pocos. Pero el modelo que sostiene esa promesa es otro asunto. Dos o tres plataformas controlando la infraestructura cognitiva del planeta, fijando precios, reglas de acceso y condiciones de uso.
Para América Latina, eso plantea una pregunta de soberanía que todavía no formulamos con suficiente seriedad: ¿qué significa depender de infraestructura cognitiva externa para tomar decisiones públicas? Strauss Zelnick dirige la empresa detrás del videojuego GTA. Su argumento es el más incómodo para quienes venden la IA como motor de innovación.
Los modelos de IA se construyen sobre datos del pasado. Procesan lo que existió, identifican patrones, generan combinaciones estadísticamente plausibles. Son retrospectivos, precisos mirando atrás pero ciegos hacia adelante. Eso los hace buenos para imitar y automatizar, pero estructuralmente incapaces de producir las rupturas que definen la cultura como esas obras que ofenden el sentido común del momento y terminan cambiando todo. La IA tiende al promedio y lo ya creado. Lo extraordinario, por definición, no lo es.
En fin, no tiene mucho sentido discutir si estamos a favor o en contra de la IA. Las preguntas útiles son otras: ¿con qué reglas de juego? ¿Bajo qué estructuras de poder? ¿Para qué propósito?
León XIV, Thiel, Altman y Zelnick ya responden preguntas desde sus propios intereses. Los uruguayos (líderes, políticos, etc) todavía podemos hacerlo desde los nuestros. Pero para eso, primero hay que estar en la conversación y ensayar, al menos, nociones.