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Este 25 de Agosto, Uruguay vuelve a celebrar una fecha que forma parte esencial de su identidad nacional. Como cada año, habrá actos, homenajes, banderas al viento y discursos. Pero quizás esta celebración debería ser también una instancia de reflexión. Una oportunidad para preguntarnos, con sinceridad y sin consignas partidarias, qué país estamos construyendo y cuánto queda hoy de aquellos principios que dieron sustento a nuestra República.

Porque más allá de las diferencias ideológicas, que son legítimas y necesarias en toda democracia, debería existir una convicción superior: primero está el país. Sin embargo, demasiadas veces asistimos a una política más preocupada por la disputa permanente, la conservación de espacios de poder y la defensa de intereses sectoriales que por encontrar soluciones a los verdaderos problemas de los uruguayos.

Y mientras se habla constantemente de solidaridad, igualdad y empatía con los sectores más vulnerables, la realidad sigue mostrando profundas contradicciones. Se reclama justicia social, pero se consolidan privilegios. Se invoca la defensa de los trabajadores, mientras algunos dirigentes parecen haberse alejado hace tiempo de la realidad cotidiana de quienes dicen representar. No resulta fácil explicar determinados estilos de vida, viajes y privilegios de quienes construyen su discurso permanente sobre el sacrificio de los demás.

Tampoco puede ignorarse el costo que determinadas conductas corporativas y reclamos sectoriales imponen sobre la mayoría de los uruguayos. El derecho a reclamar debe ser respetado, pero ninguna reivindicación puede transformarse en una suerte de derecho absoluto que deje como rehenes a quienes trabajan, producen, estudian o simplemente necesitan acceder a servicios esenciales.

Preocupa también que espacios que deberían estar dedicados a la formación, al conocimiento y al debate plural terminen, en ocasiones, dominados por militancias e ideologías que pretenden imponer una única visión de la realidad. La universidad y la educación deben ser territorios de libertad intelectual, no trincheras partidarias.

Pero existen además heridas del pasado que Uruguay todavía no ha logrado procesar con la necesaria honestidad. La búsqueda de verdad y justicia no puede ser selectiva. No puede haber víctimas de primera y de segunda categoría. El país debe ser capaz de reconocer y reparar, dentro del marco constitucional y legal, todas las violencias que marcaron nuestra historia.

Resulta difícil comprender que se pretenda relativizar o silenciar los secuestros, asesinatos y otros actos cometidos por organizaciones armadas que, en tiempos de vigencia democrática, decidieron sustituir las reglas de convivencia por la violencia. La lucha política tenía y tiene caminos democráticos. La propia historia posterior demostró que era posible alcanzar el gobierno por la voluntad popular.

Tampoco parece saludable para la institucionalidad que decisiones expresadas por la ciudadanía en las urnas sean posteriormente objeto de interpretaciones o mecanismos legislativos que, para muchos uruguayos, terminan desvirtuando el sentido de aquella voluntad popular. La democracia no puede consistir únicamente en convocar al pueblo a votar; exige también respetar sus decisiones, incluso cuando no coinciden con las preferencias de quienes circunstancialmente ejercen el poder.

Por todo ello, esta fecha patria debería ser mucho más que una sucesión de actos protocolares. Debería convocarnos a recuperar un verdadero compromiso de unión nacional. A dejar de lado intereses espurios, privilegios y mezquindades. A recordar que el Estado no existe para que quienes llegan a él se sirvan de la ciudadanía, sino para servirla.

Quizás el mejor homenaje que podamos rendir este 25 de Agosto sea volver a discutir, con honestidad, qué Uruguay queremos. Un país más justo, sí. Pero justo para todos. Más solidario, pero sin hipocresías. Más democrático, pero respetuoso de las instituciones y de la voluntad ciudadana.

Y, sobre todo, un Uruguay capaz de reencontrarse con el espíritu republicano y con aquellos valores que asociamos al ideario artiguista, tantas veces invocados y, demasiadas otras, utilizados con conveniencia política.

Celebrar la Patria también debe significar asumir la responsabilidad de defenderla. No con discursos vacíos, sino con el compromiso de construir, entre todos, un país donde la Nación esté verdaderamente por encima de los intereses de unos pocos.

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