Alérgicos a la crítica, olvidando como actuaron siendo oposición
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Por Jose Pedro Cardozo
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Hay algo más peligroso que un gobierno que se equivoca: un gobierno que no soporta que se lo señalen. Y en estos días ha quedado en evidencia una verdad incómoda: el Frente Amplio no tolera que la critiquen. No debate, no refuta, no explica. Se victimiza. Las redes sociales, se llenaron de imágenes simples y contundentes: pasacalles en distintos puntos de Montevideo con una frase directa, sin eufemismos: “El gobierno te mintió”. Una sentencia política, absolutamente legítima en democracia. Sin embargo, la reacción fue desproporcionada, casi histérica.
Dirigentes y militantes oficialistas, incapaces de desmentir el contenido del mensaje, eligieron el camino más cómodo: atacar al mensajero. De pronto, colgar un cartel pasó a ser poco menos que un atentado institucional. Se habló de “ataques a la democracia”, de “intentos de desestabilización”, y faltó poco para que alguien sugiriera la existencia de una conspiración subversiva.
Quienes durante años hicieron de la crítica feroz un método político, hoy se rasgan las vestiduras ante consignas infinitamente más moderadas. ¿Dónde quedó aquella épica del “pueblo movilizado”? ¿En qué cajón archivaron los caceroleos convocados a pocos días de iniciado el gobierno de turno en plena pandemia? En aquel entonces, eso era expresión democrática. Hoy, en cambio, una tela colgada en una esquina es presentada como amenaza institucional. La doble vara no es un error: es un hábito.
Lo más revelador es que nadie ha salido a desmontar con argumentos la frase que tanto molesta. No hay conferencias explicando con datos por qué no hubo mentiras. No hay pedagogía política. Hay indignación. Y cuando un gobierno se indigna más por la forma que por el fondo, suele ser porque el fondo le duele.
En su afán por desacreditar la movida, terminaron amplificándola. Lo que circulaba con alcance moderado en redes explotó cuando los propios referentes oficialistas decidieron denunciarlo públicamente. Manual básico del llamado “Efecto Streisand”: intentar censurar o estigmatizar un mensaje solo consigue multiplicarlo. En vez de apagar el incendio, le arrojaron combustible.
Pero el problema es más profundo que un error comunicacional. Lo que se expone es una cultura política que confunde respeto con silencio y gobernabilidad con unanimidad. Reclaman consideración institucional mientras bloquean en redes sociales a quienes les señalan contradicciones. Exigen altura en el debate, pero reducen cualquier crítica a una operación.
Gobernar no es habitar una zona de confort ideológico. Es exponerse al escrutinio permanente. Y si en campaña se hicieron afirmaciones categóricas que luego chocaron con la realidad, la ciudadanía tiene todo el derecho de recordarlo. No es odio, no es desestabilización, no es golpismo. Es memoria.
También es síntoma de algo más: una desconexión creciente con el humor social. No es casual que las encuestas muestren un deterioro marcado en la aprobación. Cuando un gobierno decide pelearse con los carteles en vez de discutir las razones que los inspiran, revela que prefiere combatir espejos antes que revisar su imagen.
La democracia no se debilita porque existan pasacalles críticos. Se debilita cuando el poder intenta instalar que la crítica es ilegítima. Se erosiona cuando la sensibilidad del oficialismo es tan frágil que cualquier frase incómoda es tratada como agravio institucional.
La verdad, aunque moleste, no se borra bloqueando usuarios ni denunciando conspiraciones. Si algo enseña la historia reciente es que todos, tarde o temprano, vuelven a ser oposición. Y entonces descubrirán que la vara con la que midieron la crítica ajena será la misma con la que se mida la propia. En democracia, la crítica no es un exceso: es un derecho. Lo que resulta excesivo es la alergia a escucharla.