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El margen de error en economía existe. Lo que no debería existir es la irresponsabilidad de construir política pública sobre proyecciones frágiles, voluntaristas o directamente insostenibles. Eso es, precisamente, lo que hoy le pasa factura al gobierno del Frente Amplio: haber diseñado un presupuesto quinquenal basado en supuestos de crecimiento que no resistieron ni el paso de unos pocos meses.

No se trata de un desvío menor ni de una corrección técnica habitual. Lo que se confirma es que el país fue conducido, deliberadamente o por negligencia, hacia un esquema de gastos que un alto jerarca económico del propio oficialismo llegó a calificar, en su momento, como “impagable”. Esa admisión, lejos de ser una anécdota, hoy cobra un peso demoledor: el diagnóstico estaba mal desde el inicio.

Lo más grave es que este error estructural se produjo antes de que el contexto internacional se deteriorara de forma abrupta. Es decir, no puede atribuirse a factores externos la génesis del problema. Cuando aún no había estallado el conflicto en Medio Oriente, las cuentas ya no cerraban. La guerra simplemente expuso y agravó una fragilidad preexistente.

El escenario global, por cierto, se ha vuelto explosivo. El conflicto que involucra a Irán, Israel y Estados Unidos no muestra señales de resolución rápida. Lejos de ser un episodio breve, todo indica que se encamina a una escalada prolongada, con consecuencias imprevisibles. La decisión iraní de cerrar el estrecho de Ormuz —arteria clave por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial— desató una suba inmediata en los precios del crudo que ya impacta en todas las economías dependientes de la energía importada.

Uruguay, como era previsible, no es inmune. El aumento de los combustibles repercute en toda la cadena productiva, desde el transporte hasta la agroindustria. Insumos básicos como fertilizantes y alimentos para el ganado se encarecen de forma dramática, presionando aún más a sectores que ya venían golpeados por la desaceleración económica.

Pero aquí radica el punto central: el país enfrenta esta tormenta global con una debilidad interna que pudo y debió evitarse. No se trata solo de mala suerte o de un contexto adverso, sino de haber llegado mal preparado. Un presupuesto sobredimensionado, una previsión de crecimiento errada y una falta de prudencia fiscal configuran un cóctel que hoy obliga a recortes, tensiones políticas y pérdida de credibilidad.

El costo de la imprevisión no es abstracto. Se traduce en menos margen de maniobra, en decisiones apresuradas y en una ciudadanía que termina pagando los errores de planificación. Porque cuando el Estado gasta en función de lo que desea y no de lo que puede, el ajuste no desaparece: se posterga.

El gobierno enfrenta ahora una disyuntiva incómoda: reconocer que falló no solo en el diagnóstico, sino en la conducción, o insistir en explicaciones que ya no convencen. La realidad, como siempre, es más contundente que cualquier relato. Y esta vez, llegó antes de lo previsto.

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