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El domingo Brasil va a las urnas y, aunque la elección se celebra al otro lado de la frontera, Uruguay no puede dejar de  mirarla como asunto ajeno. Brasil no es solamente el gigante de América del Sur. Es nuestro principal socio comercial en la región, un actor decisivo dentro del Mercosur y una de las potencias que pueden inclinar el tablero latinoamericano hacia uno u otro de los grandes polos de poder mundial. La elección enfrenta a Luiz Inácio Lula da Silva con Flávio Bolsonaro como protagonistas de una disputa que, según las encuestas más recientes, aparece extremadamente ajustada. La primera vuelta tiene 13 candidatos y todo indica que será necesaria una segunda instancia el 25 de octubre. 

Una encuesta, señalaba ayer, que Lula encabeza los sondeos de primera vuelta, pero sin alcanzar previsiblemente la mayoría necesaria para evitar el balotaje, mientras que las mediciones para una eventual segunda vuelta muestran una competencia dentro del margen de error.

Pero reducir esta elección a una disputa entre izquierda y derecha sería quedarse en la superficie. Brasil se ha convertido en una pieza central de la disputa internacional entre Washington y Beijing. La administración de Donald Trump ha mantenido una relación tensa con Lula, mientras la familia Bolsonaro ha construido vínculos políticos estrechos con el presidente estadounidense. Al mismo tiempo, China profundiza su presencia económica en Brasil. En 2025 Brasil fue el principal destino mundial de la inversión china, con unos US$ 6.100 millones recibidos, destinados especialmente a energía, minería e industria automotriz.

Y allí aparece una palabra que para Uruguay debería ser mucho más importante que cualquier consigna ideológica: Mercosur. Brasil tiene capacidad para marcar el rumbo del bloque. Su política comercial, su relación con China, Estados Unidos y Europa y su posición frente a la apertura comercial repercuten inevitablemente sobre sus socios menores. Uruguay puede tener iniciativas propias, pero no puede desconocer que comparte con Brasil una estructura de integración que condiciona buena parte de su inserción internacional.

Los números explican la dimensión del problema. En 2025 Brasil representó más del 14% de las exportaciones de bienes uruguayos, por casi US$ 2.000 millones, y continúa siendo un destino relevante para vehículos, lácteos, cereales y otros productos. Además, el capital brasileño tiene una presencia importante en Uruguay, especialmente en sectores como el frigorífico, financiero y servicios.

Por eso, cualquier modificación sustancial en la política económica brasileña puede terminar sintiéndose en Uruguay. Hay además otra transformación que no puede ignorarse. China ya no mira Brasil solamente como un mercado para colocar productos. Está produciendo dentro de Brasil para abastecer a Brasil y, potencialmente, a toda la región. BYD está expandiendo fuertemente su planta de Bahía y pretende convertirla en un centro de producción y exportación.

Uruguay está literalmente en medio de dos gigantes: Brasil y Argentina, mientras China gana presencia y Estados Unidos intenta conservar influencia. En ese escenario, el resultado brasileño tendrá consecuencias que excederán ampliamente las fronteras de ese país. La lección para Montevideo debería ser sencilla: mirar, analizar y prepararse.

Porque Brasil puede cambiar de presidente el domingo, pero Uruguay seguirá teniendo que convivir con el Brasil que salga de las urnas.

Y frente a semejante vecino, la política exterior no puede depender de simpatías ideológicas ni de alineamientos automáticos. Necesita, antes que nada, defender los intereses nacionales. Por eso, el domingo vota Brasil, pero, de una manera u otra, también se juega una parte del futuro económico y geopolítico de Uruguay.

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