Cuando el silencio también mata
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Por José Pedro Cardozo
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Un nuevo caso de suicidio en nuestro medio vuelve a sacudirnos y nos enfrenta, una vez más, a una realidad que se repite con una persistencia alarmante. No es un hecho aislado ni una estadística fría: es el reflejo de una problemática profunda que el país arrastra y que, lejos de ceder, parece enquistarse en los sectores más vulnerables de nuestra sociedad.
Las cifras son contundentes: 21,35 casos por cada 100.000 habitantes. Pero detrás de ese número hay historias, hay familias, hay ausencias irreparables. Y, sobre todo, hay una pregunta que sigue sin respuesta suficiente: ¿qué estamos haciendo y qué estamos dejando de hacer para prevenir estas muertes?
La realidad muestra dos polos de especial vulnerabilidad. Por un lado, los jóvenes de entre 20 y 24 años, expuestos a presiones crecientes, muchas veces atravesados por el consumo problemático de sustancias, la ansiedad y la depresión. En demasiados casos, estos cuadros no son detectados a tiempo. El sistema llega tarde, cuando el daño ya está instalado. Por otro lado, los adultos mayores, especialmente los mayores de 80 años, enfrentan el aislamiento, la pérdida de vínculos y, en no pocas ocasiones, el dolor físico crónico. Dos extremos de la vida unidos por una misma sensación: la soledad.
Desde la perspectiva clínica, el suicidio es un fenómeno multicausal. No responde a una única causa ni puede explicarse con simplificaciones. Es el resultado de un sufrimiento psíquico que desborda la capacidad de afrontamiento de la persona. No es una elección en términos racionales, sino una salida desesperada ante un dolor que parece no tener fin. Y es precisamente allí donde el sistema de salud debería intervenir con mayor eficacia.
Sin embargo, en Salto —como en gran parte del interior— persiste una debilidad estructural que agrava la situación: la escasez de psiquiatras y de recursos especializados. El acceso a la atención en salud mental sigue siendo una barrera difícil de superar. Las consultas se demoran, los seguimientos son insuficientes y los equipos técnicos, muchas veces, trabajan al límite de sus posibilidades. El sistema termina funcionando como un último refugio, cuando debería ser una red de contención temprana.
Pero sería un error reducir el problema únicamente al ámbito médico. La prevención del suicidio comienza mucho antes, en la vida cotidiana. Empieza en la capacidad de escuchar sin juzgar, de validar el dolor ajeno, de no minimizar lo que el otro siente. Preguntar, incluso sobre la idea del suicido, que no induce al acto: abre una puerta, permite que el sufrimiento encuentre palabras.
Aquí es donde la comunidad juega un papel central. La familia, los docentes, los vecinos son la primera línea de detección. Son quienes pueden advertir cambios de conducta, señales de alarma, silencios que pesan demasiado. Pero para que esa red funcione, es necesario romper el estigma que aún rodea a la salud mental.
El Estado, por su parte, no puede desentenderse. Se requieren políticas públicas sostenidas, mayor inversión en recursos humanos y estrategias territoriales que contemplen la realidad del interior. No alcanza con campañas esporádicas ni con declaraciones de intención. Hace falta acción concreta, articulada y permanente.
La salud mental es un derecho humano. Pero su cuidado es una responsabilidad compartida. Mientras no logremos fortalecer nuestras redes de contención, seguiremos llegando tarde. Y cada demora, en este tema, puede costar una vida. Porque cuando la asistencia no llega, cuando el entorno falla, cuando el dolor no encuentra respuesta, el silencio también mata.