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La decisión del Banco Central del Uruguay de avanzar en una política de desdolarización de la economía vuelve a instalar un viejo debate nacional: ¿es posible reducir la dependencia del dólar en un país que históricamente ha confiado más en la moneda estadounidense que en su propia moneda? El planteo impulsado por el presidente del Banco Central, el economista Guillermo Tolosa, no carece de fundamentos técnicos. Desde la teoría económica, una mayor utilización del peso uruguayo permitiría fortalecer la política monetaria, reducir vulnerabilidades financieras y disminuir los riesgos que generan las bruscas fluctuaciones del tipo de cambio. En términos académicos, pocos economistas discutirían esas ventajas. Sin embargo, el problema no es teórico. El problema es cultural, histórico y profundamente práctico.

Los uruguayos no se dolarizaron por capricho. Lo hicieron como consecuencia de décadas de experiencias traumáticas. Inflación elevada, devaluaciones recurrentes, pérdida del poder adquisitivo y crisis financieras fueron consolidando una conducta defensiva que terminó convirtiéndose en costumbre. El dólar pasó a ser mucho más que una moneda extranjera: se transformó en un refugio de valor.

Por eso hoy resulta natural que la compra de inmuebles se pacte en dólares, que la maquinaria agrícola se comercialice en dólares o que vehículos de baja y alta gama tengan precios referenciados en la moneda estadounidense. Incluso muchos ahorristas pequeños, sin conocimientos financieros sofisticados, continúan considerando que guardar dólares es una forma de proteger el fruto de años de trabajo.

Ante esta realidad, cabe preguntarse si la desdolarización puede decretarse desde una oficina pública o si debe surgir naturalmente de la confianza de los ciudadanos. La confianza no se impone. Se construye.

Si un uruguayo decide ahorrar en dólares no lo hace porque desconozca las bondades del peso uruguayo. Lo hace porque entiende que el dólar tiene una trayectoria internacional de estabilidad que le brinda certezas. Cambiar esa percepción requiere décadas de disciplina fiscal, estabilidad monetaria y credibilidad institucional.

Es cierto que Uruguay ha recorrido un largo camino en ese sentido. La inflación ya no es la de los años ochenta o noventa. El sistema financiero es más sólido y el país ha demostrado una madurez institucional destacable. Todo ello contribuye a fortalecer la moneda nacional.

Pero también es cierto que el peso uruguayo continúa perdiendo poder adquisitivo año tras año. Aunque la inflación sea moderada, existe. El ciudadano común observa que lo que hoy compra con una determinada suma de dinero no será lo mismo que podrá comprar dentro de algunos años. Esa realidad alimenta la búsqueda de alternativas para preservar el valor de los ahorros.

La discusión, entonces, no debería plantearse en términos de obligar a elegir entre pesos o dólares. Tampoco corresponde demonizar a quienes prefieren ahorrar en moneda estadounidense. La verdadera cuestión pasa por generar las condiciones para que cada vez más uruguayos opten voluntariamente por utilizar el peso.

Si la moneda nacional ofrece estabilidad, si los instrumentos de ahorro en pesos son atractivos y si la confianza se consolida en el tiempo, la desdolarización llegará por sí sola. No será consecuencia de campañas publicitarias ni de exhortaciones oficiales, sino de decisiones libres de los ciudadanos.

El desafío del Banco Central es legítimo y merece ser discutido. Pero el éxito de esa estrategia no dependerá de los discursos de los economistas ni de las buenas intenciones del gobierno de turno. Dependerá de algo mucho más complejo: convencer a los uruguayos de que el peso puede brindar la misma seguridad que durante generaciones encontraron en el dólar.

Y esa confianza, como toda construcción duradera, no se obtiene por decreto.

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