El “buenismo” puede alentar la tragedia
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Por Jose Pedro Cardozo
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El brutal ataque contra una estudiante de Medicina, que pudo terminar en un homicidio, no puede quedar reducido a que fue obra de una persona desequilibrada. Esa respuesta puede ser cierta, pero es insuficiente cuando aparecen antecedentes, advertencias y conductas que, según testimonios, ya habían generado preocupación.
Porque si alguien muestra señales de violencia, hostigamiento, obsesión o incapacidad para aceptar un rechazo, no hace falta esperar a que empuñe un cuchillo para comprender que existe un problema. La prevención consiste precisamente en actuar antes. Y aquí surge una cuestión que las autoridades deberán aclarar.
Según testimonios de estudiantes y grabaciones difundidas, en el Liceo de Salinas y en el ámbito de la Facultad de Medicina, compañeros de los involucrado habrían advertido previamente sobre su conducta. Habrían planteado sus preocupaciones y pedido intervención. Si esas advertencias efectivamente llegaron a las autoridades y fueron ignoradas, la situación es gravísima.
Más todavía si, como también sostienen esos testimonios, quienes denunciaron terminaron cuestionados o amenazados con sanciones. De confirmarse, estaríamos ante una verdadera inversión de valores: el que advierte sobre un peligro convertido en problema y el que genera la preocupación convertido en objeto de comprensión y protección. ¿A eso le llamamos humanismo? No. Eso es buenísimo irresponsable.
Durante años determinadas corrientes pedagógicas han instalado la idea de que ante cualquier conducta problemática hay que comprender, contener, incluir y evitar la “estigmatización”. Nadie discute que un estudiante con dificultades merece atención y ayuda. Pero hay una diferencia enorme entre ayudar y permitir. Comprender no significa tolerar cualquier conducta. Incluir no significa eliminar los límites. No discriminar no significa desproteger a los demás.
Una institución educativa tiene obligaciones con todos sus alumnos, no solamente con quien presenta dificultades. También debe proteger al estudiante que quiere estudiar tranquilo, al que respeta las normas, al que denuncia una situación que considera peligrosa y al que tiene derecho a decir “no” sin convertirse en víctima de amenazas, persecuciones u obsesiones.
El problema aparece cuando la llamada corrección política termina pesando más que el sentido común. Y después ocurre lo que todos lamentamos.Una agresión. Una víctima. Un cuchillo. Entonces aparecen los comunicados, las condolencias, los protocolos, las investigaciones y las declaraciones de preocupación. Demasiado tarde.
Porque si hubo señales y fueron ignoradas, no estamos ante un problema individual. Estamos ante una falla institucional. El Estado y sus instituciones educativas no pueden convertirse en espectadores pasivos de conductas potencialmente peligrosas. Tampoco pueden utilizar el humanismo como excusa para no ejercer autoridad.
Una sociedad civilizada debe ser capaz de hacer las dos cosas: ayudar al que necesita ayuda y proteger al que puede convertirse en víctima. Eso es real humanismo.Ya es hora de recuperar los límites.Porque, una institución NO puede, no debe tener miedo de sancionar, de intervenir o de decir “hasta aquí”. La estudiante de Medicina pudo haber muerto. Esa realidad debería bastar para que nadie vuelva a conformarse con explicaciones tranquilizadoras. Las señales estaban. Alguien las vio. Alguien las escuchó. Ahora habrá que saber quién decidió no actuar.
Después de más de 30 años de carrera, no es la primera que recibo una amenaza. No cambia el rumbo ni del trabajo de mi gestión, ni de la lucha contra el crimen organizado. Las amenazas suelen provenir de personas con prontuario de delitos graves. Amenazas, son algo bastante feo de escuchar, en particular cuando recaen sobre uno”.