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Comienzan a multiplicarse señales de inquietud dentro del oficialismo y también entre quienes acompañaron electoralmente al Frente Amplio. Algunas encuestas lo sugieren y, más importante aún, el clima político empieza a reflejarlo. La pregunta es dónde está realmente el foco de esa desilusión. Porque conviene distinguir. No es exactamente lo mismo la izquierda que votó al Frente Amplio en octubre que la que terminó respaldando a Yamandú Orsi en noviembre. Entre una instancia y otra hubo casi 200 mil votos de diferencia. Y si además se incorpora lo expresado en el plebiscito sobre la seguridad social, aparecen unas 350 mil voluntades que ayudan a explicar un fenómeno político mucho más amplio y complejo.

Tal vez allí haya que buscar parte del malestar. No necesariamente en ciudadanos ideológicamente identificados con la derecha o la izquierda, sino en personas atravesadas por incertidumbres concretas. El miedo a la inseguridad, el temor por la jubilación actual y futura, la preocupación por el trabajo y por el destino de los mayores. También las dudas de quienes invierten y emprenden, incluso de aquellos empresarios alejados de privilegios o “coronitas”, que observan con atención la seriedad institucional, la estabilidad política y la claridad de rumbo del país.

En ese contexto, el gobierno transmite señales contradictorias. La vicepresidenta Carolina Cosse ha optado por un perfil relativamente bajo. Salvo iniciativas polémicas —como la propuesta de millonaria reforma del entorno del Palacio Legislativo— intenta proyectar una imagen de moderación y sensatez. Sin embargo, ante encuestas adversas, habló rápidamente de una “señal amarilla”, mientras Orsi corrigió el diagnóstico elevándolo a “más que amarillo, naranja”. La diferencia no es menor. Expone distintas lecturas sobre la gravedad de la situación y deja la sensación de un oficialismo que todavía no encuentra una conducción política firme y coordinada. A eso se suma la presión de sectores ideológicos que parecen empeñados en reinstalar debates ya saldados por la ciudadanía. El Partido Comunista y buena parte de su influencia en el Pit-Cnt mantienen desde hace años una agenda rígida: eliminar las AFAP, aumentar impuestos bajo el argumento de gravar “a los más ricos” y utilizar ámbitos como el llamado Diálogo Social para impulsar transformaciones que, en los hechos, terminan desplazando el papel central del Poder Legislativo.

El problema no es solamente el contenido de esas propuestas. El problema es político e institucional. Muchas de esas ideas fueron discutidas públicamente y rechazadas en plebiscitos. Insistir ahora en caminos alternativos para alcanzar objetivos que la ciudadanía no acompañó genera inevitablemente ruido democrático. Porque si el soberano se pronuncia, desconocer ese pronunciamiento erosiona la confianza en las reglas de juego y alimenta la percepción de que algunos consideran válido el voto popular únicamente cuando coincide con sus convicciones.

Mientras tanto, cuestiones urgentes permanecen sin respuestas claras. Se habla de pobreza infantil, pero los resultados concretos todavía no aparecen. La situación de las personas en calle continúa agravándose. Los anuncios abundan, pero las soluciones no llegan con la velocidad que la realidad exige. Y en paralelo, crece la sensación de dispersión dentro del propio gobierno: múltiples voces reclamando, sectores presionando, dirigentes marcando perfil, mientras las decisiones se postergan o quedan atrapadas en internas políticas.

Además, el escenario internacional ya no ofrece el “viento de cola” de otros tiempos. Sin crecimiento extraordinario de la economía regional ni abundancia de recursos externos, gobernar exige liderazgo, prioridades claras y capacidad de ordenar políticamente la coalición. Justamente allí parece estar una de las mayores debilidades del oficialismo.

El descontento ciudadano no nace de una sola causa. Surge de una acumulación de señales, contradicciones y expectativas incumplidas. Cuando un gobierno transmite dudas, improvisación o falta de rumbo, la sociedad lo percibe rápidamente. Y quizás eso sea lo que hoy comienza a reflejarse en la opinión pública: no un rechazo ideológico, sino un creciente desconcierto frente a un gobierno que todavía no logra demostrar hacia dónde quiere conducir al país.

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