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Hay momentos en la vida de un gobierno en los que una encuesta deja de ser simplemente un número y comienza a transformarse en una señal política. El Frente Amplio parece haber llegado a ese punto. La última medición de Opción Consultores, vuelve a poner sobre la mesa el creciente deterioro de la valoración ciudadana del gobierno de Yamandú Orsi. Y no se trata de una fotografía aislada. Factum había registrado en junio apenas un 24% de aprobación frente a un 56% de desaprobación, mientras que, entre quienes votaron al Frente Amplio en 2024, la aprobación había caído al 52%, con un 23% que directamente desaprobaba la gestión.

El dato políticamente más preocupante no está, en el rechazo de quienes nunca votaron al Frente Amplio. Ese rechazo era previsible. Lo verdaderamente inquietante para el oficialismo es que el desencanto comienza a penetrar en su propio electorado.

Porque un gobierno puede convivir con una oposición crítica. Le resulta mucho más difícil gobernar cuando comienzan a aparecer dudas, reproches y frustraciones dentro de la propia familia política. Y eso es precisamente lo que empieza a observarse.

La pérdida de respaldo no parece responder exclusivamente a un hecho puntual. Es la consecuencia de una acumulación: expectativas que no se cumplieron, dificultades para mostrar resultados, problemas persistentes en seguridad, incertidumbre económica y, sobre todo, una sensación creciente de que el gobierno todavía no termina de tomar una gestión política clara. Factum agrega un elemento particularmente significativo: entre junio de 2025 y junio de 2026, la aprobación general cayó de manera sostenida, mientras la desaprobación avanzó. Y en el propio electorado frenteamplista se registró una caída de siete puntos en la aprobación y un aumento de diez puntos en la desaprobación en la última medición. Ese es el verdadero llamado de atención.

Porque cuando la ciudadanía comienza a perder paciencia, la interna partidaria inevitablemente empieza a moverse. Los sectores, los dirigentes y los militantes dejan de preguntarse qué está haciendo mal la oposición y comienzan a preguntarse qué está haciendo mal el gobierno.

Las recientes diferencias dentro del Frente Amplio sobre economía, relaciones laborales, seguridad y el rumbo de determinadas políticas no pueden analizarse completamente al margen de este nuevo clima. La discusión sobre la reducción de la jornada laboral, por ejemplo, mostró que dentro del oficialismo existen visiones muy diferentes acerca de hasta dónde puede avanzar la agenda sindical sin comprometer productividad, empleo y equilibrio económico.

Y allí aparece una figura clave: el ministro de Economía, Gabriel Oddone, convertido cada vez más en una referencia de contención frente a determinadas demandas internas.

El problema para Orsi es que gobernar no consiste solamente en administrar las expectativas de la oposición. También implica administrar las expectativas de los propios. El Frente Amplio llegó al poder con la promesa de transformar. Hoy comienza a enfrentar una pregunta mucho más incómoda: ¿está realmente transformando o simplemente administrando? Las encuestas no anuncian derrotas electorales ni permiten anticipar el futuro. Pero sí muestran una tendencia. Y cuando esa tendencia empieza a atravesar la frontera entre gobierno y militancia, deja de ser un problema de imagen y se convierte en un problema político.

Orsi todavía tiene tiempo para reaccionar. Lo que no tiene es tiempo para seguir creyendo que las señales de alarma pertenecen solamente a la oposición. El juicio ciudadano ya está golpeando las puertas del Frente Amplio. Y esta vez, desde adentro.

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