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La muerte de Gonzalo Moratorio deja un vacío en la comunidad científica uruguaya, pero también una responsabilidad que trasciende a sus colegas, a las instituciones académicas y a las autoridades. Su legado no debería limitarse al recuerdo de su extraordinaria contribución durante la pandemia de COVID-19, cuando junto a otros investigadores hizo posible desarrollar kits nacionales para el diagnóstico del SARS-CoV-2 en tiempo récord. Debería convertirse en un llamado de atención a toda la sociedad uruguaya sobre la importancia de apostar decididamente por la ciencia, la investigación y el conocimiento.

En aquellos meses de incertidumbre mundial, cuando el coronavirus avanzaba y los países procuraban desesperadamente herramientas para enfrentar una amenaza desconocida, Uruguay encontró en sus propios científicos una respuesta que demostró cuánto puede lograr un país pequeño cuando existe talento, compromiso y capacidad de trabajo. La articulación entre la Universidad de la República, el Institut Pasteur y el Ministerio de Salud Pública permitió desarrollar instrumentos fundamentales para sostener la estrategia de testear, rastrear y aislar. Moratorio fue uno de sus protagonistas, pero detrás de aquel esfuerzo también hubo numerosos investigadores y trabajadores que, muchas veces desde el anonimato, aportaron horas interminables de dedicación.

Sin embargo, reducir su legado a aquella hazaña sanitaria sería desconocer otra dimensión de su aporte: haber conseguido acercar la ciencia a la gente, explicar su utilidad y demostrar que la investigación no es un lujo reservado a laboratorios o ámbitos universitarios, sino una inversión que puede mejorar la vida de toda una comunidad.

Ese es, precisamente, uno de los grandes desafíos que Uruguay todavía tiene pendiente. Con frecuencia se habla de educación, desarrollo, innovación y oportunidades, pero no siempre esas palabras se traducen en decisiones presupuestales, políticas sostenidas y condiciones adecuadas para investigar. 

No alcanza con aplaudir a los científicos cuando una emergencia los convierte en protagonistas. Hay que respaldarlos cuando no ocupan las primeras planas, cuando necesitan recursos, equipamiento, estabilidad y oportunidades para continuar trabajando.

También es necesario comprender que un país que no genera condiciones para retener a sus investigadores termina financiando, directa o indirectamente, la formación de profesionales que luego deben buscar en el exterior el reconocimiento y las posibilidades que aquí no encuentran. Uruguay tiene talento. Lo que necesita es una decisión colectiva para aprovecharlo y evitar que la falta de recursos termine expulsando a quienes pueden contribuir a su desarrollo.

Las palabras de Natalia Ibáñez, esposa de Moratorio, reivindicando la ciencia como herramienta para construir un país mejor, deberían ser recogidas como una verdadera consigna nacional. Y también merece reconocimiento que Gonzalo, hasta en el difícil tramo final de su enfermedad, procurara generar conciencia sobre el valor de la actividad científica.

Los homenajes tienen un valor humano y merecido, pero no pueden sustituir las decisiones concretas. La mejor manera de honrar a Moratorio no será solamente recordar su nombre, sino respaldar a los jóvenes investigadores que ayudó a formar, fortalecer instituciones como el Institut Pasteur, ampliar las oportunidades de investigación y convertir la ciencia en una prioridad permanente.

Porque el verdadero homenaje a Gonzalo Moratorio no estará en las palabras pronunciadas en su memoria, sino en lo que Uruguay sea capaz de hacer, de ahora en adelante, para que otros científicos puedan desarrollar aquí su talento y ponerlo al servicio de todos. 

Por eso su legado que no sea solamente un recuerdo: sino que se transforme en una obligación moral y en un compromiso nacional con el futuro. Al menos, así lo interpretamos desde esta columna periodística.

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