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Las cifras nacionales suelen ser cómodas para los gobiernos. Una tasa de desempleo cercana al 7% y un nivel de empleo que ronda el 60% permiten construir un discurso de estabilidad y moderado optimismo. Sin embargo, detrás de esos promedios se esconde una realidad mucho más dura: Uruguay no tiene un único mercado laboral, sino varios, conviviendo dentro de nuestras fronteras.

Mientras Montevideo, la zona metropolitana y Maldonado concentran las mejores oportunidades laborales, salarios más altos y mayor dinamismo económico, buena parte del interior —especialmente el norte y las zonas fronterizas — enfrenta un escenario marcado por el estancamiento, la informalidad y la falta de perspectivas.

La diferencia no es menor. En algunos departamentos las tasas de empleo superan ampliamente el promedio nacional, mientras que en otros el desempleo prácticamente duplica la media del país. Pero el problema va mucho más allá de un dato estadístico: detrás de cada porcentaje hay familias enteras atrapadas en economías locales debilitadas, jóvenes que emigran porque no encuentran futuro y pequeñas empresas que apenas sobreviven.

La consecuencia inmediata de ese desequilibrio es la informalidad laboral. Más de uno de cada cinco trabajadores no realiza aportes a la seguridad social, pero en varios departamentos del interior esa cifra supera el 40%. Esto significa miles de personas trabajando sin cobertura médica adecuada, sin estabilidad y sin posibilidad de construir una jubilación digna.

Y aunque desde algunos sectores se insiste en responsabilizar exclusivamente al empresario o al trabajador informal, la realidad es bastante más compleja. 

El Estado uruguayo ha construido durante años un sistema que encarece enormemente el empleo formal. Las cargas tributarias, los aportes obligatorios y la rigidez normativa terminan asfixiando especialmente a las pequeñas y medianas empresas del interior, que no tienen la espalda financiera de las grandes empresas capitalinas.

En ese contexto, muchas veces la informalidad deja de ser una “viveza criolla” para transformarse en una estrategia de supervivencia económica.

A ello se suma otro fenómeno preocupante: el crecimiento del empleo público como mecanismo para contener el desempleo departamental. Muchas intendencias terminan funcionando como grandes bolsas de trabajo, aumentando contratos y plantillas para amortiguar la falta de oportunidades privadas.

El problema es que el empleo público no genera riqueza; redistribuye recursos provenientes del sector privado, que es el único capaz de producir inversión genuina, innovación y crecimiento sostenido. 

Por  lo señalado, el país necesita discutir seriamente este modelo. Porque no puede haber desarrollo nacional equilibrado si el crecimiento queda concentrado únicamente en Montevideo y algunos polos turísticos o logísticos. 

Uruguay requiere políticas que estimulen la inversión privada en el interior profundo, reduzcan la presión sobre quienes producen y generen condiciones más flexibles para adaptarse a las realidades regionales. No es razonable aplicar idénticas exigencias laborales y salariales a economías radicalmente distintas.

El desafío no pasa por multiplicar el asistencialismo ni inflar el aparato estatal. Pasa por crear condiciones para que producir, invertir y contratar trabajadores vuelva a ser viable en el interior del país.

Porque mientras exista un Uruguay que avanza y otro que apenas resiste, las estadísticas nacionales seguirán siendo apenas un maquillaje prolijo sobre una fractura cada vez más evidente. Ojala se entendiera y se enfrentará esta realidad.

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