El país no puede seguir de rehén
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Por Jose Pedro Cardozo
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Entre ultimátums y paros, el puerto deja de ser una herramienta del desarrollo para convertirse en un instrumento de presión contra todo el Uruguay. Hay límites que un país serio no puede seguir tolerando. Y el conflicto en el puerto de Montevideo acaba de cruzar uno de ellos. El ultimátum lanzado por el sindicato portuario y de la Terminal Cuenca del Plata —exigiendo la derogación del decreto de servicios mínimos y la aceptación de sus reclamos bajo la amenaza de un paro nacional de 48 horas— constituye una demostración de fuerza tan desubicada como inaceptable. No se trata de una negociación. Se trata de una imposición.
Cuando una organización sindical condiciona el funcionamiento de la principal puerta comercial del Uruguay a que el Gobierno capitule ante sus exigencias, el conflicto deja de ser laboral para transformarse en un problema nacional. Porque el puerto no pertenece a un sindicato. Tampoco a una empresa. El puerto es una infraestructura estratégica que sostiene exportaciones, importaciones, empleo e inversiones. Y cada jornada perdida termina pagándola el país entero.
Mientras se multiplican los discursos sobre crecimiento, competitividad y desarrollo, la realidad vuelve a golpear con una crudeza imposible de disimular. Los importadores enfrentan costos crecientes. Los productores esperan insumos que no llegan. La agropecuaria ve alteradas sus cadenas logísticas. La escasa industria nacional que todavía resiste debe reorganizar producción, transporte y entregas. Los sobrecostos se acumulan como una pesada mochila que alguien terminará pagando.
Ese alguien no será el dirigente sindical que firma un comunicado. Será el productor. Será el empresario. Será el trabajador que depende de que una fábrica siga funcionando. Será el consumidor. Durante demasiado tiempo se ha pretendido administrar este conflicto con una paciencia infinita, como si cada nueva amenaza pudiera resolverse concediendo un poco más. Pero la experiencia demuestra exactamente lo contrario: cada retroceso de la autoridad alimenta una nueva exigencia. El decreto de servicios mínimos no elimina el derecho de huelga. Procura compatibilizar ese derecho con la continuidad de actividades esenciales para el funcionamiento del país. Pretender que ni siquiera esa garantía pueda existir equivale a reclamar la paralización absoluta del comercio exterior como herramienta legítima de presión. Ese camino resulta profundamente equivocado.
Uruguay necesita recuperar una verdad elemental que parece haberse vuelto incómoda: ningún país progresa paralizando su aparato productivo. Ninguna economía genera riqueza cerrando sus puertos. Ninguna sociedad mejora castigando permanentemente a quienes producen, invierten o trabajan para sostener la actividad. El desarrollo no nace del conflicto permanente.
Nace del trabajo. Del esfuerzo. Del sacrificio. De la responsabilidad compartida. Y precisamente por eso el Gobierno tiene hoy una obligación que ya no admite más dilaciones. Debe ejercer la autoridad que le corresponde. No para enfrentarse al movimiento sindical por razones ideológicas, sino para proteger el interés general. Gobernar implica tomar decisiones cuando los intereses colectivos están en juego. Porque cada día de incertidumbre deteriora la credibilidad internacional del puerto de Montevideo. Cada amenaza de paralización envía una señal preocupante a los mercados. Cada conflicto prolongado erosiona la confianza de quienes deciden dónde invertir, dónde embarcar y dónde hacer negocios.
El Uruguay no puede seguir funcionando bajo la lógica del ultimátum. Los derechos laborales merecen respeto. Pero también merece respeto el derecho de millones de uruguayos a que el país continúe funcionando. A producir. A exportar. A importar. A trabajar.
El puerto debe volver a ser lo que siempre debió ser: un motor del desarrollo nacional, no un rehén de quienes creen que detener al país constituye una forma aceptable de negociar. Porque cuando el interés corporativo pretende imponerse sobre el interés nacional, ya no está en juego un convenio. Está en juego la capacidad del Uruguay de seguir siendo un país confiable para trabajar, producir y crecer.