El pensamiento de Lust sobre el Dialogo Social
- Por Jose Pedro Cardozo
Desde hace un tiempo observo con creciente preocupación el rumbo que está tomando el denominado “Diálogo Social” impulsado por el gobierno. Escuchando declaraciones del docente, constitucionalista y ex diputado Eduardo Lust, encontré que coincide con mi pensamiento. Como bien lo expresa, la inquietud no pasa solamente por algunas medidas puntuales o por diferencias políticas coyunturales. Lo que realmente está en juego es mucho más profundo: el modelo de país que Uruguay pretende construir hacia adelante.
La convicción, es que detrás de muchas de las propuestas que hoy se presentan bajo conceptos atractivos como inclusión, justicia social o protección, existe una visión claramente estatista y asistencialista. Una visión donde el Estado avanza progresivamente sobre áreas fundamentales de la vida económica y social, concentrando poder y aumentando la dependencia de los ciudadanos respecto al aparato estatal.
Ese es, precisamente, el centro de preocupación. No se cuestiona la necesidad de asistir a quienes atraviesan situaciones difíciles. Sería absurdo desconocer que existen sectores vulnerables que requieren apoyo. Pero una cosa es la asistencia social como herramienta excepcional y otra muy distinta es convertirla en el eje permanente de las políticas públicas.
Cuando se promueven beneficios económicos desvinculados de obligaciones básicas, como la asistencia educativa de los niños, se transmite un mensaje muy peligroso. Se termina relativizando el valor del esfuerzo, de la responsabilidad y de la educación como instrumentos esenciales de movilidad social.
Incluso referentes del propio oficialismo han reconocido que la crisis educativa no se resuelve repartiendo dinero. Entonces, si el diagnóstico parece claro, cuesta entender por qué se insiste en políticas que profundizan la dependencia en lugar de generar incentivos reales para la superación personal y familiar.
Ninguna sociedad logra desarrollarse sobre la base exclusiva de transferencias económicas permanentes. Los países avanzan cuando promueven cultura del trabajo, educación, inversión, ahorro y responsabilidad individual. Cuando el Estado sustituye sistemáticamente esos valores por mecanismos de dependencia, el deterioro institucional termina siendo inevitable.
Sin embargo, donde se ve la mayor señal de alarma es en la discusión vinculada al sistema previsional y las AFAP. Tema en el cual debemos ser extremadamente cuidadosos. La ciudadanía ya se expresó hace muy poco tiempo respaldando la permanencia del sistema mixto de jubilaciones. Por tanto, cualquier intento de avanzar hacia formas de estatización no solo enfrentaría límites jurídicos, sino también un claro límite político y democrático.
La realidad, es que detrás de este debate existe un problema fiscal que el gobierno no logra resolver. El déficit creciente del sistema previsional estatal genera una presión enorme sobre las cuentas públicas, mientras los fondos acumulados por las AFAP aparecen como una masa de recursos demasiado tentadora para cualquier administración con dificultades financieras.
Y ahí surge el mayor temor: que lentamente el Estado avance sobre esos ahorros privados bajo distintos mecanismos regulatorios o administrativos, manteniendo formalmente la titularidad individual, pero concentrando el control efectivo de los recursos. El antecedente del Fonasa demuestra que muchas veces los cambios importantes no necesariamente llegan mediante grandes debates parlamentarios, sino a través de modificaciones graduales, justificadas técnicamente o disfrazadas de “cambios de diseño”.
Por supuesto, estas posiciones generan polémica. Pero, Uruguay necesita dar esta discusión con transparencia y profundidad. Porque cuando el Estado concentra cada vez más recursos, más decisiones y más poder, inevitablemente comienza a ponerse en juego algo esencial: la libertad de las personas y su autonomía frente al poder político. El desafío del país no debería ser elegir entre sensibilidad social o sostenibilidad institucional. Uruguay necesita ambas cosas. Necesita proteger a los más vulnerables, sí, pero también necesita defender la cultura del trabajo, del ahorro, de la educación y de la libertad individual.
Como lo ha expresado e interpretamos, este análisis y pensamiento de Lust, plantea ese verdadero debate que hoy debemos mantener para poner freno a tanto dislate.