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Los autoconvocados han vuelto. Y no es casualidad. Tampoco es una novedad. Como ocurrió en 2018, durante otro gobierno de izquierda, miles de uruguayos volvieron a expresar su malestar por fuera de las estructuras tradicionales de representación. Esta vez el detonante fue la implementación de la Guía Electrónica de Carga, un nuevo mecanismo de control digital sobre el transporte de mercaderías. Sin embargo, sería un error interpretar que la protesta se limita a una discusión tecnológica o administrativa. La realidad es mucho más profunda.

La Guía Electrónica de Carga fue apenas la chispa que encendió una pradera seca por años de acumulación de problemas. Detrás de las caravanas de camiones, de las concentraciones en rutas y de las proclamas de protesta, aparece una vieja y persistente preocupación nacional: los altos costos para producir, trabajar y emprender en Uruguay.

No resulta casual que el epicentro de esta movilización haya surgido nuevamente en el norte del país, esta vez acá en Salto, como en 2018 ocurrió en Paysandú. El interior profundo suele ser el primero en sentir los efectos de las decisiones tomadas desde los escritorios de Montevideo. Allí, donde las distancias son mayores, donde el combustible pesa más en los costos y donde las oportunidades son más escasas, cualquier nueva exigencia administrativa se percibe como una carga adicional sobre actividades que ya luchan diariamente por sobrevivir.

Lo más relevante de este fenómeno es que no responde a una lógica partidaria. Los autoconvocados no constituyen una organización política ni una corriente ideológica. Tampoco son un movimiento antisistema. Son, esencialmente, ciudadanos cansados. Personas que trabajan, invierten, arriesgan y sienten que el esfuerzo personal ya no alcanza para progresar.

La protesta expresa una distancia creciente entre quienes diseñan las regulaciones y quienes deben cumplirlas. Desde la perspectiva del Estado, cada nuevo formulario, cada control adicional y cada obligación digital puede parecer razonable. Desde la perspectiva del transportista, del productor rural o del comerciante del interior, esas exigencias suelen traducirse en más tiempo, más costos y más dificultades para sostener una actividad económica cada vez más exigente.

El problema de fondo es que Uruguay ha desarrollado una cultura regulatoria que muchas veces prioriza el control sobre el estímulo. El Estado exige información, certificaciones, registros y trámites con la intención de mejorar la fiscalización y la transparencia. Sin embargo, rara vez se evalúa con igual rigurosidad el costo acumulado que esas exigencias generan sobre quienes producen riqueza y generan empleo.

Cuando las regulaciones se multiplican y los costos estructurales permanecen elevados, la sensación de asfixia termina instalándose. El precio del gasoil, la carga burocrática, los costos laborales y las dificultades de competitividad forman parte de una misma ecuación que afecta especialmente a los sectores productivos del interior.

Por eso, minimizar estas manifestaciones sería un grave error. Detrás de cada camión que participa en una caravana y detrás de cada productor que acompaña una movilización existe una realidad social concreta que merece ser escuchada. No se trata únicamente de una protesta contra una guía electrónica. Se trata de un reclamo más amplio por condiciones que permitan trabajar, producir e invertir con menos obstáculos.

La historia reciente demuestra que los autoconvocados aparecen cuando los canales tradicionales dejan de representar adecuadamente determinadas inquietudes. Son una señal de alerta que ningún gobierno debería ignorar. Porque cuando la burocracia crece más rápido que las oportunidades, la indignación termina encontrando su propio camino para hacerse escuchar.

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