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En tiempos donde la crítica a Donald Trump se ha vuelto casi un reflejo automático, conviene preguntarse si, detrás de ciertas declaraciones desconcertantes, no subyace una lógica que incomoda más de lo que aparenta. Cuando el mandatario afirmó que le daba lo mismo alcanzar o no un acuerdo con Irán, muchos lo interpretaron como una muestra más de su estilo errático. Sin embargo, reducir el análisis a una cuestión de formas puede llevar a ignorar aspectos sustanciales del conflicto.

Estados Unidos no enfrenta a un adversario convencional. El régimen iraní no solo actúa bajo parámetros geopolíticos tradicionales, también se guía por una lógica religiosa que redefine tanto sus objetivos como sus métodos. Punto que merece, una consideración cuidadosa. 

Es cierto que en el mundo contemporáneo el terrorismo ha adquirido, en muchos casos, un componente religioso más explícito que en décadas pasadas. Pero afirmar que un país entero constituye la “cuna del terrorismo mundial” implica una generalización que corre el riesgo de oscurecer más de lo que aclara. Irán es, sin duda, un actor controversial en el escenario internacional, con políticas que han generado tensiones profundas, especialmente en relación con Israel y Occidente. Sin embargo, reducir su accionar a una misión monolítica de “islamización del mundo” ignora tanto sus disputas internas como la diversidad del propio mundo islámico.

Otro de los pilares del planteo es la llamada “Taqiyya”, entendida como una estrategia de engaño permitida en contextos de hostilidad. Si bien el concepto existe dentro de ciertas corrientes del islam, su utilización como argumento central para descalificar cualquier instancia de negociación resulta problemática. En la práctica diplomática internacional, la desconfianza no es patrimonio de una sola cultura o religión. La historia está plagada de acuerdos incumplidos, estrategias dilatorias y dobles discursos, incluidas las potencias occidentales.

En este contexto, el programa nuclear iraní sí aparece como un punto crítico y legítimo de preocupación. La relación con el Organismo Internacional de Energía Atómica ha sido tensa, y con dificultades para garantizar inspecciones transparentes. Incluso, la respuesta no puede limitarse a una lógica entre ingenuidad diplomática y confrontación absoluta. La experiencia internacional demuestra que los acuerdos imperfectos, aunque frágiles, pueden ser preferibles a su ausencia total.

Donald Trump, en su aparente indiferencia ante la posibilidad de un acuerdo puede interpretarse, efectivamente, como una señal estratégica: marcar límites, evitar concesiones unilaterales o presionar al adversario. Pero también puede leerse como una renuncia peligrosa a la diplomacia como herramienta fundamental para la resolución de conflictos.

El problema de fondo es que, cuando se parte de la premisa de que el adversario es intrínsecamente incapaz de negociar de buena fe, cualquier intento de diálogo queda deslegitimado de antemano. Y en ese escenario, las opciones se reducen drásticamente, acercando al mundo a una dinámica de confrontación permanente.

Más que validar o descartar la “lógica” de Trump, el desafío está en reconocer la complejidad del tablero internacional. Ni la ingenuidad ni el cinismo extremo ofrecen salidas sostenibles. Entre la imprevisibilidad y la desconfianza, la diplomacia —con todos sus límites— sigue siendo el único terreno donde aún es posible evitar que las tensiones escalen hacia consecuencias irreversibles.

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