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Uruguay atraviesa un momento complejo. Los problemas económicos, sociales y de seguridad se acumulan mientras desde buena parte del sistema político se insiste en una receta que hace tiempo viene mostrando señales de agotamiento: más gasto público, más dependencia del Estado y más asistencialismo como respuesta casi exclusiva a los desafíos del presente.

El país vive desde hace años una realidad preocupante. El Estado gasta más de lo que recauda, la presión fiscal sigue siendo elevada, la competitividad se deteriora y el sector privado enfrenta cada vez más dificultades para sostener inversiones y empleo. Sin embargo, lejos de plantearse una discusión profunda sobre el tamaño y el costo del aparato estatal, la solución que aparece sobre la mesa suele ser la misma: crear más programas, aumentar subsidios, ampliar estructuras y seguir cargando sobre los contribuyentes el peso de un sistema que parece no tener límites.

El problema no es la ayuda social en sí misma. Un Estado moderno debe asistir a quienes verdaderamente lo necesitan, especialmente en momentos difíciles. Pero otra cosa muy distinta es transformar el asistencialismo en una política permanente, casi como forma de administración de la pobreza. Cuando la asistencia sustituye al trabajo, a la cultura del esfuerzo y a la generación genuina de oportunidades, el resultado termina siendo más dependencia y menos desarrollo.

Mientras tanto, otro problema crece de forma alarmante: la inseguridad y el avance del narcotráfico. Hoy los uruguayos conviven con homicidios, balaceras, ajustes de cuentas y organizaciones criminales que han ganado poder económico y territorial. Barrios enteros sienten miedo y muchos ciudadanos perciben que la delincuencia actúa con una impunidad cada vez mayor.

Sin embargo, en determinados sectores políticos pareciera existir una enorme dificultad para hablar de represión del delito, endurecimiento de penas o autoridad. Conceptos como castigo severo, respaldo a la Policía o combate frontal al narcotráfico suelen ser vistos con desconfianza, como si aplicar firmeza frente al crimen fuera incompatible con los derechos humanos.

Pero la realidad demuestra otra cosa. Ninguna sociedad puede funcionar si el delincuente siente que el costo de cometer delitos es mínimo. La prevención social es necesaria, pero insuficiente cuando se enfrenta a bandas criminales armadas, organizadas y financiadas por el narcotráfico. Allí el Estado debe ejercer autoridad, hacer cumplir la ley y garantizar que quien delinque enfrente consecuencias claras y contundentes.

El ciudadano común observa con frustración cómo se multiplican los discursos teóricos mientras en la práctica la inseguridad avanza y las soluciones concretas parecen demorarse. La gente quiere vivir tranquila, trabajar, progresar y sentir que el esfuerzo vale la pena. Y también espera que quien roba, mata o destruye la convivencia social reciba un castigo proporcional.

Uruguay necesita discutir seriamente qué modelo de país quiere construir. Uno basado en un Estado cada vez más pesado, deficitario y paternalista, o uno que incentive la producción, el trabajo, la inversión y la responsabilidad individual. Y al mismo tiempo, necesita recuperar la convicción de que sin orden, autoridad y seguridad, ninguna democracia puede sostenerse plenamente.

La sensibilidad social no puede transformarse en debilidad frente al delito, ni la solidaridad en dependencia permanente. Gobernar también implica tomar decisiones difíciles, ejercer autoridad y comprender que el desarrollo de un país no se construye únicamente repartiendo recursos que muchas veces ni siquiera existen.

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