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La exagerada oferta de la sociedad de consumo y el avance tecnológico hicieron que la espera cada vez más se sienta como un tiempo muerto y sin sentido. El elevado nivel de ansiedad parece ser una de las cuestiones que más está afectando a la sociedad en general. Todo tiene que ser rápido. Sentimos que el día no nos alcanza. 

Sin irnos muy atrás en el tiempo, la generación de nuestros abuelos tenía en miras el legado que podrían dejar a sus descendientes. La obra bien hecha como ideal moral, se proyectaba para décadas: la casa propia, el buen nombre y el honor de la familia. El paradigma de la sociedad en la que vivimos hoy carece de proyectos para un futuro lejano, ¿cuántas personas hay dispuestas a luchar o trabajar por algo que no llegarán a ver?

La perdurabilidad dejó de ser una cualidad valorada, tanto en objetos como en servicios. Como es entendida la riqueza es una manifestación y ejemplo de esta afirmación. Hace años, era rico quien podía darse el lujo de comprar objetos muy resistentes y durables. La buena calidad se jugaba en el tiempo que el producto resultaba útil y sin desperfectos y esa característica redundaban en el costo. 

Hoy se supone que alguien posee riqueza material cuando puede acceder a cambiar sus bienes por otros de nueva generación, más modernos y actualizados. No importa que dure, sino que esté actualizado. 

Del mismo modo, la estabilidad durante años en el mismo empleo, que otrora hablaba del compromiso del trabajador con su lugar de trabajo y la confianza que los empleadores depositaban en él, hoy parece estar más asociada a la inmovilidad e incapacidad de progreso. Ni qué decir sobre la dificultad para sostener vínculos comprometidos.

¿Cuándo la espera dejó de ser una virtud para convertirse en un defecto? ¿Cuándo la paciencia pasó de ser fortaleza moral a incapacidad de adaptación? ¿y cuándo el amor dejó de entenderse como fidelidad y se transformó en intensidad pasajera?.

Sería deseable sembrar cambios a largo plazo en lugar de buscar resultados inmediatos o controlar espacios de poder, pero aunque sepamos que en general los cambios estructurales llevan tiempo, sobre todo cuando se trata de eliminar ciertos vicios, costumbres o leyes que por ideología o por proteger los privilegios de algunos siguen vigentes; hoy ya no se puede pretender que quienes tienen cincuenta o más años, tengan la misma capacidad de espera que los de épocas pasadas. Como tampoco se puede pretender que todos los que tienen sus necesidades básicas insatisfechas puedan esperar lo mismo que los que sí las tienen.

La gran paradoja es que para lograr cambios culturales favorables se necesitan ciudadanos trabajadores y capaces de esperar.  Pero el mercado necesita consumidores impacientes y los forma para ser incapaces de tolerar cualquier aplazamiento. Lo que antes podía tomarse como tiempo de maduración hoy se considera un obstáculo.

Quizás la verdadera rebeldía de nuestro tiempo no consista en exigir que todo sea inmediato, sino en animarse a construir algo que nos sobreviva.

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