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Cada vez que una nueva balacera sacude un barrio de Montevideo o que un ajuste de cuentas deja víctimas en las calles, la sociedad reclama respuestas. Es una reacción lógica frente a una violencia que se ha vuelto demasiado frecuente y que ha instalado la sensación de que el crimen organizado actúa con una capacidad de fuego creciente. Sin embargo, tan importante como actuar es hacerlo con seriedad, rigor y evidencia. Y es precisamente allí donde la estrategia impulsada por el Ministerio del Interior genera profundas dudas.

La idea de endurecer aún más los controles sobre la compra legal de municiones y armas parece partir de una premisa que, hasta el momento, nadie ha logrado demostrar: que los proyectiles utilizados en las balaceras y los homicidios vinculados al narcotráfico provienen del mercado legal. No existe evidencia científica, académica ni estadística que sustente semejante afirmación. No la ha presentado el Ministerio del Interior, no la han documentado los investigadores especializados y tampoco surge de los estudios disponibles sobre violencia criminal en Uruguay.

La realidad indica que el país ya cuenta con una de las legislaciones más estrictas de América Latina en materia de tenencia, porte y adquisición de armas y municiones. Los requisitos para acceder legalmente a un arma son numerosos, los controles administrativos existen y la trazabilidad de las compras está regulada. Entonces, la pregunta es inevitable: si el problema persiste, ¿no será que la falla está en la fiscalización y no en la normativa?

Lo que parece faltar es una acción más eficiente de los organismos encargados de controlar el mercado legal. El Ministerio del Interior dispone de herramientas y dependencias específicas para supervisar armerías, importadores, coleccionistas y operadores habilitados. Si existen filtraciones o irregularidades, corresponde detectarlas y sancionarlas. Pero castigar con nuevas restricciones a quienes cumplen la ley equivale a responsabilizar al sector equivocado.

Más preocupante aún es que recientes procedimientos policiales parecen confirmar esa confusión de prioridades. Hace apenas unos días trascendió un operativo que terminó con la incautación de decenas de miles de municiones y alrededor de 150 armas, todas registradas y vinculadas a tenedores legales. Varias de las personas involucradas fueron posteriormente liberadas y, según diversas versiones, algunas pertenecían a organizaciones de cazadores y tenedores legítimos de armas. Si efectivamente se actuó sobre ciudadanos que cumplían con las exigencias legales, el episodio deja en evidencia fallas preocupantes en los procesos de investigación y análisis previo.

Mientras tanto, los verdaderos responsables de la violencia siguen operando en los márgenes del sistema. Las armas utilizadas por sicarios y bandas criminales no suelen adquirirse en comercios habilitados ni mediante trámites oficiales. Ingresan por contrabando, circulan en mercados clandestinos y son distribuidas por redes que funcionan completamente al margen de la ley. Allí debería concentrarse el esfuerzo principal del Estado.

La lucha contra el crimen organizado exige inteligencia policial, investigación financiera, control fronterizo y persecución de las estructuras de tráfico ilegal. Requiere identificar a quienes introducen armas y municiones clandestinas al país y abastecen a las organizaciones criminales. Lo que no requiere es generar la ilusión de que restringiendo aún más a los ciudadanos que cumplen la ley se resolverá un problema cuya raíz está en otro lado.

Las políticas públicas no pueden construirse sobre percepciones ni necesidades mediáticas. Deben apoyarse en evidencia y resultados. Cuando se confunde el objetivo, se desperdician recursos, se vulneran derechos y se deja intacto el verdadero problema. Uruguay necesita una estrategia seria para combatir la violencia armada. Lo que no necesita es seguir buscando las llaves bajo la luz, cuando se perdieron en otro lugar.

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