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Hay momentos en los que una sociedad deja de discutir si existe o no un problema y comienza, simplemente, a padecerlo. Uruguay parece haber llegado a ese punto con la inseguridad. La violencia dejó de ser un fenómeno circunscripto a determinados barrios o sectores sociales y comenzó a instalarse en la vida cotidiana, modificando hábitos, horarios y hasta la manera en que los ciudadanos se mueven por las calles.

En Montevideo, la violencia parece haber superado límites que alguna vez hubiéramos considerado inimaginables. Y mientras se anuncian planes, estrategias y operativos desde el Ministerio del Interior, bajo la conducción del ministro Carlos Negro, la percepción que tiene buena parte de la ciudadanía es mucho más sencilla: la violencia no ha sido frenada y el Estado esta ausente.

La guerra entre bandas vinculadas al narcotráfico constituye el capítulo más grave. Pero ya no es el único. También las denominadas barras bravas han trasladado su violencia desde las tribunas y los alrededores de los estadios hacia otros espacios públicos. El episodio de grupos de hinchas que ascienden a ómnibus del transporte urbano para trasladarse hasta la cancha del rival, utilizando incluso una insólita custodia de motocicletas que les abre camino, atraviesan semáforos en rojo y circulan a velocidades peligrosas, es mucho más que una anécdota.

Es una señal. De que determinados grupos parecen sentirse con suficiente impunidad como para desafiar no solamente a otros grupos, sino también las normas elementales de convivencia y la autoridad del Estado.

Salto tampoco está al margen. Naturalmente, la dimensión es menor, pero la preocupación crece. Cada fin de semana aparecen episodios de violencia con personas baleadas, apuñaladas o lesionadas en circunstancias que, en muchos casos, parecen tener detrás disputas vinculadas al mundo de la droga, deudas y ajustes de cuentas. También se habla cada vez con mayor insistencia de los préstamos informales conocidos como “gota a gota”, donde una deuda puede transformarse rápidamente en amenaza, agresión o violencia física.

Y hay una consecuencia especialmente peligrosa: el miedo alienta el silencio.

Muchas víctimas no denuncian. O no identifican a sus agresores. No necesariamente porque no sepan quiénes son, sino porque conocen las consecuencias que puede tener hablar. Cuando una persona prefiere soportar una agresión antes que recurrir a la Policía, algo mucho más profundo que un delito puntual está ocurriendo: se está quebrando la confianza en las instituciones. El Estado esta ausente.

A todo esto se suma otro problema evidente: la escasa presencia policial que se percibe en las calles, tanto de Montevideo como de Salto, especialmente durante las noches y madrugadas.

La prevención también es presencia. Un patrullero, un policía caminando, controles y vigilancia visible no resuelven por sí solos el problema del delito, pero transmiten un mensaje fundamental: la calle no está abandonada. Cuando esa presencia desaparece, el delincuente lo sabe antes que nadie.

La inseguridad no solamente se mide por estadísticas de homicidios, rapiñas o lesiones. También se mide por la sensación de abandono que experimenta el ciudadano que vuelve de trabajar, el comerciante que baja la cortina, el joven que regresa de estudiar o la familia que evita determinados lugares porque tiene miedo.

Uruguay supo distinguirse durante décadas por niveles de convivencia y seguridad que, aun con problemas, lo diferenciaban de buena parte de América Latina. Hoy, lamentablemente, comenzamos a parecernos demasiado a aquellos países donde el narcotráfico controla territorios, compra voluntades y desafía abiertamente a las instituciones.

Cuando el poder de fuego y el dinero de las organizaciones criminales empiezan a competir con la capacidad operativa del Estado, ya no estamos solamente frente a un problema policial.

Estamos frente a un problema nacional. Y ningún plan, por más anunciado o promocionado que sea, podrá considerarse exitoso mientras el ciudadano siga sintiendo que la calle pertenece al delincuente y que el Estado llega tarde. Porque la seguridad no se anuncia. La seguridad se demuestra.

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