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La escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán vuelve a colocar al mundo frente a un escenario de incertidumbre profunda. Aunque el conflicto se desarrolla a miles de kilómetros, sus consecuencias podrían sentirse con fuerza en la economías uruguaya. En particular, si se concreta un eventual bloqueo del Estrecho de Ormuz —por donde circula cerca del 80% del petróleo exportado por los países árabes— tendría efectos inmediatos sobre el comercio internacional, la energía y los precios globales.

El Estrecho de Ormuz es una de las arterias vitales del comercio mundial. Conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico y es la puerta de salida del crudo producido por potencias energéticas como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Qatar. Si Irán bloquea o interfiere el tránsito marítimo, el impacto sería inmediato: el precio del petróleo se dispararía, los costos logísticos aumentarían y las cadenas de suministro globales volverían a tensionarse, como ocurrió durante la pandemia.

Para Uruguay, las consecuencias serían múltiples. En primer lugar, el encarecimiento del petróleo repercutiría en el precio de los combustibles, presionando sobre la inflación y los costos de producción. Una economía que depende del transporte carretero para mover su producción agroindustrial vería encarecerse fletes, insumos y energía. El resultado sería menor competitividad externa y mayores dificultades para sostener márgenes en sectores clave.

Pero hay otro aspecto igual de relevante: el comercial. Medio Oriente se ha convertido en un mercado relevante para la carne uruguaya y otros productos primarios. Países del Golfo y del norte de África representan destinos estratégicos para cortes bovinos, lácteos y arroz. Si el tránsito por Ormuz se interrumpe, no solo se complicaría la llegada de mercaderías a esos mercados, sino que también se encarecerían los seguros marítimos y los tiempos de entrega. La incertidumbre podría retraer compras y alterar contratos en curso.

Además, un shock petrolero, ya insinuado con cotizaciones al alza, afectaría en forma  global llevando a un desaceleramiento de la economía mundial. Si eso se da, seguramente la demanda por materias primas cae. Uruguay, como exportador de bienes agropecuarios, es especialmente vulnerable a los ciclos internacionales. Una caída en los precios de la carne o de los granos impactaría directamente en el ingreso de divisas y en la recaudación fiscal.

No debe descartarse tampoco el efecto financiero. En contextos de guerra y tensión geopolítica, los capitales buscan refugio en activos seguros. Las economías emergentes suelen sufrir salidas de capitales, depreciación de sus monedas y mayores costos de financiamiento. Para un país que necesita acceder a los mercados internacionales de crédito, un escenario de volatilidad prolongada encarece el endeudamiento y limita el margen de maniobra fiscal.

Uruguay ha construido históricamente su estabilidad sobre la base de reglas claras, apertura comercial y diversificación de mercados. Sin embargo, su tamaño y grado de inserción internacional lo hacen particularmente sensible a shocks externos. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no es solo un conflicto regional: es un riesgo sistémico para el comercio y la energía mundial.

Frente a este panorama, la prudencia macroeconómica, la diversificación de destinos de exportación y la consolidación de reservas energéticas estratégicas aparecen como herramientas imprescindibles. También lo es una diplomacia activa que, desde la neutralidad histórica del país, promueva la paz y el respeto al derecho internacional.

Porque cuando el mundo se incendia en puntos neurálgicos como el Estrecho de Ormuz, incluso las naciones más lejanas pueden sentir el calor. Y para Uruguay, la distancia geográfica no garantiza inmunidad económica.

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