Salud mental: una problemática a atender realmente
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Por Jose Pedro Cardozo
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La salud mental ha ganado visibilidad en los últimos años, pero ese avance no ha logrado cerrar una brecha fundamental: la que existe entre las personas que sufren problemas de esta naturaleza y aquellas que efectivamente reciben atención. Hablar más del tema es necesario, pero no suficiente. El verdadero desafío consiste en transformar esa preocupación en prevención, asistencia oportuna y respuestas concretas.
Los trastornos de ansiedad figuran entre los problemas más frecuentes. El estrés, las palpitaciones, las cefaleas, los trastornos gastrointestinales, los mareos, las contracturas y las dificultades persistentes para dormir son algunas de sus manifestaciones. En numerosos casos, el sufrimiento emocional se expresa mediante síntomas físicos, por lo que la primera consulta ocurre ante un médico general, un profesional de familia, en una emergencia.
Esta realidad demuestra que separar tajantemente la salud física de la salud mental es una visión insuficiente para comprender las necesidades sanitarias actuales. El organismo y las emociones no funcionan como compartimentos independientes. Los factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales interactúan, y pretender explicar cada dolencia desde una sola perspectiva puede conducir a diagnósticos incompletos y tratamientos inadecuados.
La situación adquiere especial gravedad frente a la evolución de las tasas de suicidio registradas en el país. Se trata de un fenómeno complejo y multicausal, que no admite explicaciones simplistas ni puede atribuirse exclusivamente a una circunstancia individual. En él intervienen factores personales, familiares, económicos, sociales, culturales y sanitarios.
Es indispensable mejorar la capacidad para reconocer oportunamente señales de depresión, desesperanza, aislamiento, consumo problemático y otras situaciones que pueden requerir atención especializada.
La prevención debe dejar de ser una declaración de buenas intenciones para convertirse en una política sostenida, con recursos, profesionales preparados y mecanismos accesibles de consulta y seguimiento. También exige combatir el estigma que rodea a los problemas de salud mental y que lleva a muchas personas a ocultar su sufrimiento o postergar la búsqueda de ayuda.
El envejecimiento de la población plantea, además, nuevas exigencias. La atención no debe concentrarse exclusivamente en las urgencias ni en los trastornos graves. Es necesario trabajar durante todo el ciclo de vida, fortaleciendo los factores protectores, identificando riesgos y garantizando respuestas adecuadas para cada etapa.
En ese camino, la atención primaria ocupa un lugar decisivo. Los centros de salud y los profesionales que mantienen contacto directo con la población pueden detectar señales tempranas, orientar a las familias y facilitar la derivación cuando se necesita atención especializada. Para ello, deben contar con formación, recursos y una coordinación efectiva con los servicios de salud mental.
El objetivo debe ser pasar de un modelo que reacciona cuando el problema ya está instalado a otro capaz de prevenir, reconocer y tratar oportunamente.
La salud mental no pertenece exclusivamente a la psiquiatría ni puede quedar relegada a un capítulo secundario de las políticas sanitarias. Forma parte inseparable de la salud de todos. Ignorarla tiene consecuencias humanas, familiares y sociales; atenderla exige planificación, inversión y compromiso permanente.
Una sociedad que aspira a cuidar la vida no puede esperar a que el sufrimiento se vuelva insoportable para ofrecer ayuda.