Un inquietante e inaceptable planteo del oficialismo
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Por José Pedro Cardozo
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El episodio ocurrido en el Senado de la República no es menor ni puede despacharse como una simple controversia política. Por el contrario, expone una señal preocupante sobre los límites —o la falta de ellos— que algunos sectores parecen dispuestos a imponer al debate democrático. La propuesta del oficialismo de remitir versiones taquigráficas de intervenciones parlamentarias a un tribunal militar, a raíz de críticas vertidas por legisladores de la oposición, no solo resulta insólita: es profundamente inquietante.
El origen del conflicto puede parecer acotado. La aprobación de la venia para el ascenso de un militar sin respaldo opositor generó cuestionamientos en sala, como ocurre habitualmente en cualquier democracia madura. Sin embargo, lo que siguió fue un giro inesperado. La senadora Bettiana Díaz impulsó una moción para que esas críticas fueran elevadas a la Comisión de Honor correspondiente. La iniciativa prosperó únicamente con los votos del oficialismo.
El problema no radica en la defensa institucional de un oficial, sino en el precedente que se intenta instalar. ¿Desde cuándo las opiniones vertidas en el Parlamento —amparadas por fueros y por la esencia misma de la representación democrática— pueden ser sometidas al escrutinio de un ámbito militar? La sola formulación de esa pregunta debería encender todas las alarmas.
Las reacciones no tardaron en llegar. El senador Sergio Botana calificó la medida como una “amenaza” y la vinculó con “reminiscencias de pensamiento autoritario”. No es una afirmación exagerada si se considera el trasfondo del asunto. Cuando se pretende trasladar el juicio sobre expresiones políticas a un tribunal ajeno al ámbito civil, se cruza una línea delicada, marcada en la historia reciente del país, por lo que lo aconsejable, es no volver a transitarla.
En la misma línea, el senador Robert Silva fue categórico al señalar que la moción constituye un “grave error” que “atenta contra la democracia”. Y aquí es donde el debate adquiere su verdadera dimensión: no se trata de una disputa coyuntural entre oficialismo y oposición, sino de la defensa de principios básicos.
El Parlamento es, por definición, el espacio donde la palabra debe ser libre, incluso —y sobre todo— cuando incomoda. Pretender condicionar ese ámbito mediante mecanismos indirectos de presión o eventual sanción implica erosionar uno de los pilares del sistema republicano. No es admisible que legisladores deban medir sus críticas bajo la sombra de posibles consecuencias fuera del ámbito político.
Más preocupante aún es la naturalización de este tipo de iniciativas. Si hoy se envían discursos a una Comisión de Honor militar, ¿qué impediría mañana ampliar ese criterio a otros ámbitos? La pendiente es resbaladiza y la historia enseña que los retrocesos institucionales suelen comenzar con gestos que, en apariencia, parecen menores.
Uruguay ha construido, con esfuerzo y aprendizaje, una tradición democrática sólida, donde la separación de poderes y el respeto por las libertades públicas son valores centrales. Justamente por eso, propuestas como esta deben ser señaladas con firmeza, sin ambigüedades ni relativizaciones.
El oficialismo tiene la responsabilidad de gobernar, pero también de preservar las garantías que sostienen el sistema. Y la oposición, como contralor natural, debe poder ejercer su rol sin restricciones indebidas.
Cuando la palabra empieza a ser vigilada, la democracia empieza a debilitarse. Y ese es un riesgo que ningún país debería estar dispuesto a correr. Por otra parte, quien propuso lo inaceptable, dejo entrever que algunas ideas del tipo totalitarias, siguen vigentes en quienes más allá del MPP públicamente reconocen que primero que nada son Tupamaros.-