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A decir verdad, esto no es nuevo. Ya lo vimos en el período anterior de gobierno departamental y lo estamos empezando a ver otra vez ahora, con una intensidad creciente y un formato cada vez más reconocible. Personas que arman videos —generalmente muy breves, pensados para el consumo rápido— y los viralizan en todas las redes sociales. En ellos muestran lugares de la ciudad donde falta limpieza, mantenimiento o, en términos generales, una debida atención del Estado. A menudo, además, exhortan al público a compartir ese material para que “las autoridades competentes” lo vean y actúen.

Hasta ahí, nada demasiado reprochable. La denuncia ciudadana, cuando es honesta y apunta a visibilizar problemas reales, puede ser una herramienta válida dentro de una sociedad democrática. El problema comienza cuando esa lógica da un paso más y se cruza una frontera difusa pero importante.

En los últimos tiempos han aparecido quienes no solo denuncian, sino que se muestran a sí mismos cortando pasto, podando árboles o “arreglando” espacios públicos mientras relatan, cámara en mano, el mal estado en que se encuentran las cosas. Dicen hacerlo por amor a la ciudad, por compromiso social, por hartazgo. Respetamos esa decisión individual, pero no la compartimos. Simplemente porque no les compete hacerlo.

Da la sensación de que no alcanza con señalar el problema: hay que protagonizar la escena. No basta con la acción, es imprescindible mostrarla, amplificarla, monetizarla simbólicamente en forma de likes, seguidores y reconocimiento. Cuanto más se vea, cuanto más famosos se vuelvan, mejor. El fenómeno se parece mucho al de los influencers, solo que aquí la mercancía no es un producto sino una supuesta hazaña cívica. El resultado es una construcción deliberada del “héroe urbano”, del salvador solitario que hace lo que el Estado no hace.

Por supuesto que estamos de acuerdo con que los ciudadanos se ocupen de su vereda, de su terreno, de disponer correctamente los residuos de su hogar, de no fomentar basurales y, si es posible, de limpiar un lugar que usan cotidianamente. Eso no solo es compartible, sino exigible. La convivencia se construye también desde esos gestos mínimos y cotidianos.

Pero de ahí a salir a “hacer el bien común” en espacios que son responsabilidad del Estado, y además exhibirse a los cuatro vientos como “salvadores” o “mesías” de una sociedad entera, hay una diferencia sustancial. Esa diferencia tiene que ver con el sentido profundo de lo público y con los límites entre participación ciudadana y oportunismo personal.

¿Por qué no comparto este fenómeno? Porque, si bien no tengo pruebas, tampoco tengo dudas de que en muchos casos se trata de un lucimiento personal antes que de una preocupación genuina por el bien común. Existen funcionarios preparados, designados y remunerados para realizar esas tareas. La superposición de roles no suele ser saludable y, a la larga, termina desdibujando responsabilidades.

Además, tengo la firme convicción de que en no pocos casos detrás de estas puestas en escena hay otros intereses, muchas veces de tinte político. Se entiende: se finge altruismo, se disfraza la intención, se abusa del tiempo y de la atención del público, mientras en realidad se persigue un objetivo estrictamente personal.

Todo esto puede parecer un juego inofensivo de redes sociales, pero es algo más profundo y complejo. La búsqueda desesperada de admiración popular no responde solo a la necesidad de protagonismo, aunque también la incluya. Habla de una época donde el aplauso rápido vale más que el compromiso real y sostenido.

En definitiva, como ya lo he dicho, respeto a quienes eligen ese camino, pero no comparto el falso juego del héroe salvador de la sociedad. Porque las ciudades no se arreglan con videos virales, sino con responsabilidad, instituciones fuertes y ciudadanía crítica.

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