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El avance de las tecnologías nos hace perder de vista el valor del juego como herramienta fundamental de la construcción social del apredizaje, del compartir, y del alcanzar metas en pos de interactuar. Eso solo nos debería eyectar a valorar el juego en sí en todas sus formas.

El desarrollo de los niños entre los 3 y los 5 años se caracteriza por importantes avances en las dimensiones cognitiva, socio afectiva, motriz y del lenguaje. En esta etapa, los progresos alcanzados se manifiestan de manera significativa a través del juego, el cual continúa siendo la actividad central de la infancia y un medio privilegiado para la construcción de aprendizajes. A través de él, los niños no sólo exploran el entorno, sino que también comienzan a interpretarlo, representarlo y transformarlo mediante la imaginación.

Comprender las particularidades del desarrollo en este tramo etario resulta fundamental para diseñar propuestas pedagógicas pertinentes. Las experiencias de enseñanza deben contemplar las características propias de los niños de 3 a 5 años, sus intereses, sus formas de interacción
y sus posibilidades de acción. En este sentido, el juego se configura como una didáctica que favorece la participación activa, la socialización y la construcción de aprendizajes significativos, respetando los distintos ritmos de desarrollo.

Desde el enfoque constructivista, Piaget plantea que el conocimiento se construye a partir de la acción del sujeto sobre el entorno. En estas edades, correspondientes al período preoperacional, el juego simbólico adquiere un rol predominante. Los niños comienzan a
representar la realidad mediante el “como si”, utilizando objetos, gestos y palabras para recrear situaciones conocidas o imaginadas. Este tipo de juego favorece la reorganización de los esquemas mentales, permitiendo avanzar en la construcción del pensamiento.

En relación con el aprendizaje significativo, Ausubel (1980) sostiene que los nuevos conocimientos se incorporan cuando logran vincularse con saberes previos. En este sentido, el juego ofrece un contexto especialmente valioso, ya que parte de experiencias cercanas a los niños y habilita la conexión entre lo conocido y lo nuevo. La intervención del adulto, así como la interacción con pares, resulta clave para enriquecer estas experiencias y potenciar los procesos de aprendizaje.

Por su parte, desde el enfoque constructivista de Piaget, se entiende que el desarrollo cognitivo implica procesos de adaptación, asimilación y acomodación frente a nuevas situaciones. En este sentido, el juego simbólico, característico de esta etapa, brinda múltiples oportunidades para que los niños enfrenten desafíos, resuelvan problemas y elaboren nuevas respuestas, en un contexto significativo y motivador.

Desde una perspectiva sociocultural, Vigotsky destacó el papel de la interacción social en la construcción del conocimiento. El juego compartido, especialmente el juego de roles, posibilita la creación de situaciones en las que los niños negocian significados, establecen
acuerdos y construyen reglas. En este marco, la zona de desarrollo próximo permite comprender cómo, mediante la mediación de adultos o pares más competentes, los niños logran realizar acciones que aún no podrían llevar a cabo de manera autónoma.

En cuanto al desarrollo simbólico y socioemocional, entre los 3 y los 5 años se observa un notable despliegue de la imaginación. Los niños disfrutan de asumir distintos roles, utilizar disfraces, dramatizar situaciones y crear historias, lo que favorece la expresión de emociones, la comprensión de normas sociales y el desarrollo de la empatía. Si bien comienzan a reconocer progresivamente el punto de vista del otro, el egocentrismo aún se encuentra presente, manifestándose en dificultades para descentrarse completamente de su propia perspectiva.

Por tanto, el desarrollo en esta etapa continúa siendo un proceso integral en el que intervienen factores biológicos, sociales y culturales, y que requiere del acompañamiento de adultos significativos. El juego, en sus diversas formas, se constituye como una herramienta fundamental para favorecer la exploración, la creatividad, la interacción social y la construcción de aprendizajes. Tal como plantea el Ministerio de Educación y Cultura, las experiencias lúdicas contribuyen de manera significativa al desarrollo integral de los niños y las niñas, promoviendo avances en los planos cognitivo, social y emocional.

 

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