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 Días pasados jugaron por la Liga de España en el Estadio del Atlético de Madrid el clásico de la capital entre el local y el Real Madrid. Un partido intenso, jugado a todo trapo donde el local se impuso finalmente por 2 a 1 para alegría de los colchoneros y del mítico entrenador argentino Diego Simeone, el Cholo Simeone.

Decir que se tienen rabia atléticos y madridistas es poco, se la tienen jurada desde tiempos inmemoriales y en cada cita se renueva la pasión, la bronca y la rivalidad. Pero hay detalles que hay que asumir. En la tribuna del estadio, en la primera fila, estaba sentado el jugador brasileño del Real Madrid Rodrygo Goes, que viene soportando una larga lesión de meniscos. Rodrygo, goleador de estirpe, se hace sentir en la estructura futbolística de su equipo y de la selección norteña. Hay que analizar el detalle, a Rodrygo todo el mundo del fútbol lo conoce, es un muchacho sencillo y respetuoso pero está identificado con el equipo blanco de la capital. Sin embargo si bien estaba sentado con colaboradores de su equipo, atrás había hinchas del equipo local identificados con la camiseta del Atlético y no pasaba nada. O sea, tenían a un metro al goleador rival y cada uno en lo suyo. Envida es poco. ¿Cómo pueden lograr eso los españoles? Imaginemos acá algo similar, que el goleador de Nacional, siempre en un supuesto, lesionado, sentado entre el público de Peñarol en el Campeón del Siglo; bueno, le tiran hasta agua caliente del termo para ver si le queman el lomo. Lo mismo al revés, una estrella aurinegra viendo el clásico sentada en el Parque Central, se lo comen crudo. Y no es porque no se tengan tirria en la madre patria, porque se profesan una rivalidad ancestral que seguirá por los siglos de los siglos, sin embargo eso es una cosa y el respeto es otra.

También lo vemos en parejas que van uno con la camiseta de un cuadro y otro de otra, familias separadas por los colores pero unidas por el afecto. Lo pueden hacer sin ningún problema.

Acá la rivalidad va seguida de violencia, al clásico rival se le desea la muerte en cada momento, se grita en los minutos de silencio, se presentan ataúdes con la camiseta del rival, o sea toda una pléyade de bajezas que aplaudimos como que fueran obras de Picasso, y son ordinarieces de mal gusto de todos lados. También hay que analizar otras cosas. Hace un cuarto de siglo Inglaterra era la épica de la violencia en las canchas de fútbol, había de todo y para todos, terminando con dos tragedias que caldearon el ambiente. Entonces el gobierno de Margaret Tatcher llevó adelante un informe de un experto, el Informe Taylor, que dio caminos para superar la violencia. Obviamente le hicieron caso y en pocos años el fútbol inglés pasó a ser como un teatro. Pero atrás hubo arreglos, iluminación, sanciones durísimas, multas a los equipos, cárcel para los violentos y suba del precio de las entradas. A la postre quedó el fútbol como un reducto para las familias sin ningún tipo de problema. Los demás países siguieron el ejemplo  inglés y hoy se vive sin alambrados, sin cercas, con menos policía y con el accionar de hinchas que van a un espectáculo, no a una guerra donde se festejan los muertos del rival, y se los recuerda como trofeos de guerra en una actividad repugnante donde familias deben soportar ese ultraje de sus seres queridos

Esa fiesta de la tribuna en España, que marcamos claramente al principio y que tanto nos llama la atención, tiene de fondo una construcción previa, nosotros miramos solo los resultados, pero antes sudaron como chinos para llegar. Hoy disfrutan.

 

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