Fácil romper, difícil crear
- Por Facundo Esteche, edil Partido Colorado
El fin de semana asistí al gran concierto del concordiense Coti Sorokin. Un Teatro Larrañaga repleto y brillando que invitó al encuentro entre salteños, como lo hace desde que existe. Patrimonio por excelencia. El mismo salón que ofició espectaculares obras del siglo pasado, el mismo teatro donde un joven Baltasar Brum polemizó y llegó así a oídos de Batlle y Ordóñez. Qué hermoso poder decir que ese símbolo tan nuestro es, efectivamente, nuestro.
Mientras observaba el telón y el hermoso empapelado del Teatro, se me vinieron a la cabeza las manifestaciones en Francia. Ese mismo fin de semana, el ayuntamiento de Limoges, edificio histórico, fue incendiado por “manifestantes”. Me quedé pensando en la importancia de los símbolos. En lo fácil que es romper y lo difícil que es crear.
No es ninguna novedad que el pueblo francés ha hecho de las manifestaciones una institución de su República. Es válido. Y muchos de los planteos, principalmente de los estudiantes franceses, tienen sentido. Aun así, han quedado opacados por la violencia. Bien dijo el Presidente Macron que los reclamos son legítimos pero la violencia no. Nada nuevo: grupos que se infiltran, que aprovechan, que dicen apoyar las consignas cuando en realidad desnaturalizan las razones. Todo se estira y lo que tenía forma, pasa a no tenerla. El apoyo que parecía servir… se vuelve contraproducente.
Los demás países de Occidente miramos atónitos, sentimos que algo está pasando, que se viene… que es el fin. Bueno… malas noticias (o buenas): no lo es.
Las movilizaciones se han dado no solo en Francia, también en Italia, España y Portugal. El elevado costo de vida y la falta de presupuesto en educación son algunos de los temas que motivan las protestas. Es curioso que se den al mismo tiempo, siendo que la situación es distinta en esos países y tienen gobiernos de distintas tendencias.
Francia está a meses de tener elecciones presidenciales y quienes lideran en las encuestas son ultras. Extremos no necesariamente por la distancia ideológica (aunque a veces los extremos se tocan) sino por sus ideas. Por un lado va Le Pen, que sigue intentando con la ultraderecha y sus recetas “fáciles”, acompañado por el joven Bardella, y por otro lado Jean-Luc Mélenchon, que encarna la ultraizquierda “revolucionaria” y antirrepublicana. Populismo de ambos lados.
Se habla de que estas manifestaciones son parecidas al Mayo del 68, al Mayo Francés, que fue encabezado por estudiantes universitarios y paralizó al país. Y que por estas similitudes ahora todo cambiará y el modelo Macron perecerá por neoliberal y todas esas palabras con prefijos que utilizan. Pero esto no necesariamente fue así en aquel entonces: hubo una gran contramanifestación conservadora el 30 de mayo de 1968 y por consiguiente una victoria aplastante de aquella derecha en las elecciones legislativas de junio. Contraproducente.
Todo indica que pasará lo mismo en Francia y será Le Pen quien salga beneficiada con todo esto. Canalizará mejor que nadie el descontento y la rabia de la gente, la que no hace ruido y no se manifiesta, la que se ha visto ofendida moralmente al ver un país en llamas.
Por eso la importancia de cuidar los símbolos, de sentirnos representados, de tener ídolos, ejemplos a seguir. Las sociedades necesitan modelos visibles de excelencia y coraje. Todos sabemos que los jóvenes imitan lo que ven. Cuando se vacían o se desprestigian esos referentes queda un vacío que lo llena cualquier cosa, principalmente influencias peores: populismo, cinismo y desorientación.
Esas figuras de autoridad, de respeto, no son solo personas. También nuestro patrimonio. Y allí, gran producto de lo que fuimos, el Teatro Larrañaga. Ese respeto que le tenemos a lo nuestro, que es algo que no se compra, se gana. ¿Te imaginas ver en llamas algo que consideramos tan identitario, inmerso en nosotros, como nuestros símbolos?