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Desde hace varios días mi pensamiento político tiene un título fijo: “¿Los uruguayos perdimos confianza en la Democracia? Esa preocupación nació después de conocer lo sustancial del Informe 2026 producido por la ONG Latinobarómetro. Como todos los años, desde hace treinta , la organización chilena sondeó a casi veinte mil personas de dieciocho países de América Latina; en la mayoría se encuestó a mil doscientos individuos (caso de Uruguay).


El porcentaje general del continente hubo mayoría de opiniones (52%) afirmando que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Argentina tuvo el primer lugar en apoyo con 74%, desplazando a Uruguay (64%) al segundo lugar. No es una competencia, sino síntesis de opiniones de pobladores, que responden según el ánimo que los motive.

La organización Latinobarómetro, ha escrito que sus productos técnicos pueden considerarse insumos para gobiernos, economistas, sociólogos, para orientar la acción conforme con su pensamiento. En resumen: no propone ideas, sino que brinda datos. Me considero, como ciudadano, parte del universo a quien van dirigidos los informes, por lo que de inmediato me hago preguntas.

No discuto los porcentajes de otros países, porque no estoy en condiciones de formación ni información para hacer ese tipo de planteos. Me preocupo por preguntar: ¿por qué Uruguay ha descendido en su apoyo a la Democracia? Precisamente el país que Latinobarómetro considera la excepción de América Latina por la consolidación del sistema, aparece perdiéndole fe a un formato de gobierno y administración que muchos vecinos envidiarían. Dada la erudición que el tema exige para profundizar técnicamente, me remito a “tirar unas semillas de pensamiento” desde el terrenito de lo local.

Si un pueblo va perdiendo fe en la Democracia, causas debe haber. Les propongo analizar el barrio (el departamento de Salto) en los últimos años, en busca de posibles razones de ese deterioro.

El funcionamiento democrático exige transparencia, respeto a las leyes, a la separación de poderes y rechazo a la usurpación de derechos, a la prepotencia y a los amiguismos, y muchas otras exigencias y vedas. En Salto vamos camino a cumplir veinte años (cuatro períodos) de sustitución reiterada de la participación popular y el apego a las normas, por la imposición de la voluntad de los intendentes. Hundimiento en crisis financieras, endeudamiento cada vez más profundo, imposición al pueblo de pagar “obras” y sueldones nunca consultados, incumplimiento de promesas y tergiversación de objetivos y medios programáticos, que fueron escalones para quedarse con el poder. Los intendentes y sus “equipos” de cuatro períodos, han sido ejemplo de cómo el pueblo puede descreer en la democracia (con minúscula).
A esos procedimientos directamente dañinos, agrego un mal residual: sembrar semillas de oportunismo, falta de conciencia democrática y descalificación de los actores políticos.

Las frases que he usado pueden parecer rebuscadas, pero las utilizo para no insistir con que en estos tiempos relatados, se ha comprado votos con dinero, con pases de personas y comités o clubes a cambio de cargos públicos (que paga la gente)…

El daño es mayor que perder la mejor calificación: es ir matando a la Democracia. Hagámosla vivir.

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