Jorge Batlle, una nación como legado
- Por Alexander Fagundez - Edil de la CORE
Hay gobernantes que llegan para administrar la prosperidad y otros que tienen la responsabilidad histórica de rescatar a una nación del abismo. Jorge Batlle fue uno de ellos. Cada 24 de octubre, cuando recordamos el fallecimiento del Dr. Jorge Luis Batlle Ibáñez, no alcanza con evocar a un expresidente. Es necesario detenernos a reflexionar sobre uno de los grandes estadistas que tuvo nuestro país, un hombre cuya dimensión política e histórica merece un reconocimiento que la sociedad uruguaya todavía le debe.
Hijo de Luis Batlle Berres, heredero de una tradición política centenaria, periodista, diputado, senador y dirigente de su querido Partido Colorado, Jorge Batlle dedicó su vida a la política. Conocía el Parlamento, comprendía el funcionamiento del Estado y tenía una visión del mundo que trascendía las urgencias electorales. Fue un hombre de partido, de convicciones firmes, intelectualmente inquieto, genuino, frontal y sin dobleces. Su sinceridad, a veces incómoda, era también una expresión de su personalidad: decía lo que pensaba, aun cuando hacerlo tuviera un costo político.
Después de varias derrotas electorales, llegó a la Presidencia en 1999. No lo hizo en cualquier momento. Asumió el 1º de marzo de 2000 y, poco después, debió enfrentar una de las peores crisis económicas, financieras y productivas de nuestra historia. La aftosa golpeó las exportaciones, la recesión se profundizó y, en 2002, el derrumbe argentino desencadenó una corrida bancaria que amenazó con arrastrar al Uruguay entero.
El país estaba contra las cuerdas. Familias desesperadas, empresas cerrando, trabajadores perdiendo sus empleos y ahorristas temiendo por sus depósitos. En semejante escenario, gobernar exigía mucho más que discursos: requería coraje, inteligencia, capacidad de negociación y una enorme responsabilidad institucional. Y Jorge Batlle estuvo a la altura.
Mientras desde la oposición se reclamaban cambios drásticos y el FA planteaba el default como salida, el presidente comprendió que declarar el incumplimiento de las obligaciones financieras podía profundizar la catástrofe y comprometer durante años el crédito internacional de la República. Se mantuvo firme, negoció, buscó respaldo internacional y condujo una reestructuración de la deuda que permitió evitar el default. Con el decisivo apoyo de su equipo económico, de dirigentes políticos y de la asistencia financiera internacional, preservó la continuidad institucional y abrió un camino de recuperación.
No fue magia. Fue conducción política en circunstancias extremas. Fue entender que una nación no se salva buscando réditos partidarios sobre la angustia de su gente, sino tomando decisiones difíciles, incluso cuando son impopulares. El resultado llegó. En 2004, la economía volvió a crecer con fuerza, se estabilizaron variables fundamentales y Uruguay recuperó perspectivas de futuro. El 1º de marzo de 2005, Batlle entregó la banda presidencial a Tabaré Vázquez. El Partido Colorado perdió las elecciones, pero el país que dejaba atrás estaba creciendo y había evitado una quiebra soberana que habría tenido consecuencias devastadoras.
La paradoja es dolorosa: muchos uruguayos lo responsabilizaron por una crisis que tuvo múltiples causas, mientras la recuperación quedó asociada, en buena medida, a quienes asumieron después. El costo político lo pagaron Batlle y Partido Colorado; el beneficio de la reconstrucción se extendió a los gobiernos siguientes.
Con el paso del tiempo, las valoraciones de dirigentes de distintas corrientes políticas, entre ellos José Mujica, Danilo Astori y el propio Tabaré Vázquez, contribuyeron a reconocer la dimensión de aquella gestión. La historia, sin embargo, no debe construirse sobre simplificaciones: debe reconocer los errores, pero también la capacidad de un presidente que condujo al país en su hora más difícil.
Los eventos y la historia fueron injustos con Jorge Batlle y con el Partido Colorado. Porque la historia del Uruguay también es, en buena medida, la historia del Partido Colorado: una tradición política que contribuyó decisivamente a construir sus instituciones, ampliar derechos y consolidar la República. Una y otra vez, dirigentes colorados estuvieron presentes en momentos determinantes de nuestra nación. Hoy agradezco a Dios, que guía los destinos del mundo, por haber puesto al hombre indicado en el momento exacto para sostener y levantar al Uruguay.
Nuestro país tiene una deuda histórica con Jorge Batlle y con el Partido Colorado. Honrar su memoria no consiste solamente en recordarlo: exige recuperar las convicciones, la vocación republicana y la responsabilidad de construir futuro.